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Publicado el 07/Mayo/2012 | 00:50

Susana Klinkicht

susanak@hoy.com.ec



Una de las aspiraciones del actual Gobierno es legislar de tal manera que la radio y la televisión transmitan un porcentaje elevado de producciones nacionales en música, filmaciones y publicidad. La intención declarada es que esta medida fomente la creación de puestos de trabajo mejor remunerados y la profesionalización en el ámbito de las industrias culturales y del entretenimiento.

En el mundo de la creación, todo intento de reglamentación debe despertar suspicacia. Si bien el apoyo oficial es una reivindicación generalizada entre músicos, cineastas, teatreros, etc. y está pendiente en casi todos los campos desde hace mucho tiempo, no puede darse a cambio del sacrificio de la autonomía, que es condición para su calidad.

No es a través de prohibiciones y limitaciones que esta industria florece. Existen aranceles inexplicables, impuestos injustificados, burocracia inaudita, cotos particulares y mezquindades toleradas desde las más altas esferas, entre tantos obstáculos más, que convierten cualquier emprendimiento creativo en una verdadera odisea y que urgen ser levantados o erradicados.

Las autoridades competentes han hecho en los últimos años esfuerzos por incentivar proyectos de todo tipo en el área de la cultura, a través de concursos para su financiamiento. Existen pruebas del éxito, incluso internacional, de algunos creadores ecuatorianos, aunque más por esfuerzos y contactos propios que por el apoyo oficial. Y, sin embargo, todavía no está claro cómo aprovecharán estos amplios espacios que de pronto quedarán a su disposición, por lo menos en el periodo inmediatamente posterior a la aprobación de las leyes. La producción nacional es todavía insipiente. Las medidas podrían tener un efecto de bumerán: Fastidiados por las deficiencias iniciarles en la calidad y por lo necesariamente repetitiva que tiene que resultar la escasa oferta, el público buscará alternativas.

Hoy los medios electrónicos han facilitado tanto el acceso a música, películas, libros, diseños y arte de otros países que una limitación de su transmisión a través de los medios tradicionales resulta poco eficaz. Cualquiera puede bajar en su computadora no sólo videos, películas, canciones de su predilección, sino que también puede mirar la televisión de otros países y escuchar las radios extranjeras. Quedará, entonces, la producción nacional para aquellos que no están en capacidad de manejar los medios electrónicos, acentuando la discriminación de la que son objeto y, de paso, exponiéndolos a la selección de lo que las dependencias del Gobierno fomenten. Si en estas oficinas deciden solamente los que comparten el proyecto oficial, lo escogido tiene que ser necesariamente parcial.

Más allá de lo tecnológico, es necesario estar atentos a la posible intención detrás de la reglamentación de la programación de los medios audiovisuales. La experiencia demuestra que, con el pretexto de defender lo nacional, se suele dar paso a una estética que ensalza solamente la ideología en el poder.

 

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Autor: Susana Klinkicht - Ciudad Quito

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