Segundo E. Moreno Yánez
smoreno@hoy.com.ec
La muerte de un jefe de Estado con gran poder personal es un momento de ruptura de la soberanÃa. Como en el prisma, al separar los colores del espectro, se refracta y descompone la luz, también la ausencia definitiva del caudillo, por deceso o aun por muerte clÃnica, descompone las lÃneas de la soberanÃa polÃtica. En su análisis del culto polÃtico a los muertos, Olaf B. Rader en el libro Tumba y poder (Madrid, 2006), hace estas aseveraciones: "PodrÃa verse como un prisma de poder auténticamente clásico y como una contracción de la legitimación de los sucesores la situación creada cuando Cayo Julio César, en los idus de marzo del año 44 a.C., se desplomó herido por las 23 puñaladas que le asestaron en el Senado los autores del atentado". Inmediatamente después del magnicidio no hubo en las calles de Roma júbilo ni indignación, "por el contrario, se extendieron el temor y la inseguridad", pues, aunque el comandante Julio César "tenÃa un concepto polÃtico para la adquisición de la soberanÃa, no lo tenÃa para su conservación". No hay que olvidar que su nombre está asociado al "cesarismo": un poder usurpado que se legitima mediante un plebiscito.
Mientras los adversarios de César gritaban "muerte a los tiranos", Marco Antonio, el segundo cónsul, controlaba la ciudad con patrullas militares y conseguÃa que la esposa de César le entregase el testamento y las disposiciones escritas por el dictador. La apertura de su última voluntad causó sorpresa: "el heredero universal era Cayo Octavio, el futuro emperador Augusto". No obstante, cinco dÃas después del asesinato, el cónsul Marco Antonio puso en escena un espectáculo fúnebre en el que exhibió todos los registros teatrales para crear un ambiente contrario a los conspiradores. Los autores romanos que han relatado estos acontecimientos destacan el funeral como plataforma polÃtica, pues era importante crear un espectáculo teatral que impresionara a la "plebs urbana" y a los "milites". Con razón afirma Rader: "El cónsul Antonio logró por medio del ritual funerario desviar del dictador muerto el carisma de éste", para "transferÃrselo a sà mismo […] En un momento de vacilación […] las representaciones fúnebres dedicadas al dictador difunto Cayo Julio César ejercieron una influencia decisiva para la estabilización del poder".
De este modo y gracias a un espectáculo fúnebre, pudo Antonio trepar al poder en un breve espacio de tiempo. La posterior historia demostrará, sin embargo, que el dictador muerto tenÃa dos sucesores: "uno testamentario y otro simbólico-ritual". Después de la batalla de Actium (31 a.C.) y la huida de Marco Antonio y Cleopatra a AlejandrÃa, recayó en el heredero testamentario, Cayo Octavio, el "principado de la totalidad del imperio". Quizás habrá exclamado Augusto, como lo hizo al agonizar Vespasiano, "supongo que me estoy convirtiendo en un dios".
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Autor: Segundo Moreno - smoreno@hoy.com.ec Ciudad Quito








16/Enero/2013 a las 10:26
El analisis es correcto, sin embargo suelen existir matices, en funcion del momento en que se produce, de la calidad de sus contrincantes, etc.; por ejemplo en Japon, se cita la epoca de "los tres Cesares", Hideyoshi, Nobunaga, y Ieyasu, los dos primeros no pudieron que sus herederos directos o "testamentarios" pudiesen sucederlos(fueron eliminados en las luchas posteriores), solo el ultimo, en apariencia el mas debil, pudo colocar herederos por alianza interpuesta; los "Cesares" de pacotilla tercermundistas solo aspiran a vivir bien ellos, sin herederos.