Marco Antonio RodrÃguez*
analisis@hoy.com.ec
En los inicios de los sesenta del siglo XX, se extinguió el modernismo. El experimentalismo y el abstraccionismo en la pintura, las postrimerÃas de la representación en la narrativa, las pelÃculas de los grandes maestros de la edad de oro en el cine, las dos grandes conflagraciones mundiales, estampidas sociales y frágiles movimientos liberacionistas en polÃtica trazaron, entre otros fenómenos, el epÃlogo terrible y espléndido de una de las épocas más fascinantes de la historia. Lo que ocurrió después fueron hechos secuenciales de mayor o menor intensidad: el pop (extravagancia no exenta de genialidad) impuesto por Andy Warhol, el gay albino, paranoico y calvo, cuya extraña obsesión fue la de convertirse en máquina; John Cage y su irrupción fracturadora de los cánones musicales; los Beatles y los Stone resolviendo el clasicismo en lo popular; el punk y el rock de la nueva ola y, en polÃtica, el socialismo siglo XXI, indefinido y pasadista.
Al fondo de este espectacular escenario, la computación y las prótesis; los cracs bursátiles y el cibersexo; el realismo virtual, la robótica, la clonación… Desvanecido el socialismo en los paÃses que supusieron practicarlo, la aldea global enarbolaba las fórmulas del neoliberalismo, cuyo inhumano recetario fracasó estrepitosamente. ¿El socialismo siglo XXI, proclamado por patéticos ‘caudillos democráticos’, prosperará en América Latina? En todo caso, seguimos siendo conejillos de Indias, —¡ni más faltara!—
El capital, al más puro estilo virtual, se colocó más allá del entramado de la producción y del activismo polÃtico, autonomizándose y reflejando un mundo a su imagen y semejanza. Ya no existen vanguardias que constituyan el trasunto de nuestra capacidad de anticipación y, por consiguiente, a una postulación de crÃtica radical en orden de un ejercicio revolucionario. La revolución marxista pasó, sin embargo, todo aquello que no se ha desplazado de sà mismo libra el derecho a su retorno. AsÃ, la revolución no acabará de desaparecer, pero su esencialidad no dejará que emerja nada en su lugar. Todo bajo la amenaza del fin del mundo en festiva lectura de la sabidurÃa maya.
En Ecuador se ofertan revoluciones y se asfixia con un conservadurismo que recuerda ominosos regÃmenes donde reinaban alucinados personajes que se refocilaban en su imagen. Los métodos han cambiado, pero los fines son los mismos: supresión de las libertades, aberrante culto al ‘poderoso’, intelectuales desechables, guerra de eslóganes, distorsión de la historia, inoculación del miedo, exclusión de minorÃas, dogmatismo, corrupción, impunidad… En el segundo decenio del siglo XXI, ¿mejorará nuestro destino histórico inmediato?
 * Narrador y ensayista.
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Autor: Invitado de HOY - analisis@hoy.com.ec Ciudad Quito







