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Presencia remecida

Publicado el 01/Noviembre/2008 | 00:09

Por Luis Alberto Luna Tobar

Una notable mayoría de seres humanos, singularmente de tradiciones y prácticas cristianas, consagraron secularmente el segundo día del mes de noviembre a reavivar la memoria de los seres amados, de quienes nos separó, en términos imprecisables, la "hermana muerte".

No consta en los viejos archivos de la fe una razón suficiente para señalar en los recuerdos una fecha, de la que nadie, con derecho propio y vigente, puede establecer tiempo y espacio de su acontecimiento. Pero un signo de trascendencia impresionante le ha dado el recuerdo universal en ese día preciso, golpeando hasta cierto punto las más frías secularidades y enalteciendo la irrenunciable vocación universal de supervivencia, con la memoria viva de lo que se fue y con el recuerdo remecedor de lo que se vivió y lo dejamos irse, sin hallar nunca la forma más natural de mantenerlo tan real y exigente como su memoria, aunque sea solo por instantes de remecimiento, vivo y renovador.

Testigos de la vida, por cuanto de ella participamos y mantenemos, no somos suficientemente sinceros para dar en nuestra existencia consciente pruebas de ser también testigos de la muerte y es la memoria de lo vivido el poder que la confiere presencia viviente a la muerte, si no en sí misma sí en el efecto remecedor en los seres que ella deja de lado, mientras entierra un cuerpo y aviva en los corazones de los que cubren sus restos con la presencia restauradora del recuerdo.

Podríamos revivir, en un gesto sincero de confesión de lo que íntimamente sentimos frente a un ser amado muerto: la memoria, el recuerdo, la reminiscencia del que ya pasó, se quedan supervivientes en el corazón del que "aún no pasa, aún ama, aún piensa y aún recuerda".

Sobre este complejo acumulamiento de imaginaciones creyentes, la fe cristiana que postula ante todo la presencia siempre viva del Dios de la vida, tiene el poder de reanimar, aun cerca de los mayores desfallecimientos del creer, el amar y el esperar, la presencia espiritual de todo ser amado y aun de los que con pasión enferma hemos apartado del contingente de nuestro natural significado de fraternidad viviente. Muchas razones se señalan en los recuentos históricos del santoral de la Iglesia para testificarla a nuestro espíritu, en los momentos de mayor soledad, la invisible, pero verídica y real presencia espiritual de los seres amados que se fueron.

Por esto tenemos que convertir el día segundo de noviembre en fecha real de encuentro espiritual con Dios amor y en Él con todos los que, por humanos, fraternalmente amamos. La posibilidad de resucitar que tiene la memoria humana es un don muy grande de fe en todo lo que de Dios tenemos en el fondo del ser humano; somos como él creadores. La gran diferencia está en la perdurabilidad de nuestra capacidad creadora que en Dios es eterna y en nosotros eminentemente transitoria; pero el hecho de esta transitoriedad estimula, con el recuerdo de lo vivido, la renovación de similares momentos creadores.

analisis@hoy.com.ec

Hora GMT: 01/Noviembre/2008 - 05:09

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