Por Rodrigo Tenorio Ambrossi
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Todo comenzó cuando The Washington Post reveló los secretos sigilosamente guardados tras las paredes del hotel Watergate. Amparados en la ética y en la misión social conferida a la actividad periodística, Bob Woodward y Carl Bernstein se zambulleron en la investigación de hechos dolosos que se habían producido en las elecciones presidenciales y que, finalmente, terminaron con la renuncia del presidente Nixon. Los periodistas fueron inclementes con su trabajo y no se amedrentaron ante toda clase de amenazas que brotaron de muchos lugares, incluida la mafia, sobre todo cuando el periódico acusó al presidente de tratar de obstaculizar la investigación.
Han transcurrido cuatro décadas, y en este tiempo, una parte importante de la prensa de Occidente se ha propuesto ser la conciencia y la voz de la sociedad frente a los abusos del poder y de las culposas deficiencias de la justicia que, en más de una oportunidad, se ha vendido al mejor postor.
El caso de los hermanos Restrepo tal vez habría quedado en la impunidad si no hubiese sido por la permanente demanda de la ciudadanía y por la acción de la prensa que no se cansó de investigar y publicitar. Porque no basta que la prensa informe y analice, es necesario que tenga el valor de hundirse en los meandros de la política, de la policía y de la justicia. Trabajo de hormiga, si se quiere, pero indispensable para que los grandes delitos no se fosilicen en muy corto tiempo gracias al tortuguismo culposo de la justicia y las presiones que ejercen los poderes del dinero o de la política.
Es indudable que con frecuencia las investigaciones periodísticas caminan bastante más rápido que las de la justicia. Lo cual, si bien aparece como un privilegio para la sociedad, ha terminado siendo fatal para un número cada vez más grande de periodistas cuyas voces han sido silenciadas de una vez y para siempre mediante el asesinato.
No es corrupta la prensa que informa, analiza e investiga con lealtad a las causas sociales y con la ética que se sustenta en el principio de que la verdad se construye mediante arduos y sostenidos procesos. Esa ética que no toma por ciertas ni las acusaciones ligeras ni los enjuagues de manos realizados por sospechosos e implicados. No es ni corrupta ni mediocre la prensa que no se amilana ante los evidentes riesgos que implica desenredar las complejas marañas de hilos comprometidos en ciertos acontecimientos sociales, legales, políticos que forman parte de nuestra vida cotidiana.
No bastan los grandes titulares que, en más de una oportunidad, tienen como objetivo el escándalo más que la urgencia de poner el dedo en la llaga o esclarecer los hechos o señalar a los posibles culpables. Nadie que ponga el dedo en esas llagas, a veces ya purulentas, debería hacerlo si no se siente con la entereza moral y profesional para llegar hasta el fondo. Probablemente fue eso lo que nos enseñó Watergate.
Hora GMT: 03/Marzo/2009 - 05:05

03/Marzo/2009 a las 13:45
"No es corrupta la prensa que informa, analiza e investiga con lealtad a las causas sociales y con la ética que se sustenta en el principio de que la verdad se construye mediante arduos y sostenidos procesos."
Si es corrupta la prensa que ostiga y acosa sin evidencias contundentes.