Columna del Padre Roberto
Roberto Fernández
rofer@hoy.com.ec
Cuatro domingos nos separan de la Navidad y, para acortar la espera, encendemos una vela en cada víspera dominical. "No hay como la víspera" repetían los antiguos con la sabiduría que da la edad. Es cierto que el deseo y la esperanza tienen un no sé qué, un dinamismo encantador, algo que nos hace pregustar la deseada ocasión y nos permite ir matando el tiempo que nos separa de los grandes acontecimientos. Los cristianos sabemos bien la importancia que tiene para los seres humanos la visibilidad, ese concepto que circula ahora mucho por el mundo empresarial. Somos los creyentes de un Dios creador de lo visible y lo invisible y por eso representamos los misterios de la fe con imágenes y analogías que nos permitan ver, yendo de lo más fácil hacia lo más difícil, de lo más visible hacia lo invisible. En cada Navidad queremos contemplar el misterio del Hijo de Dios hecho carne, "pues la virgen está encinta y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros" (Isaías 7, 14). A los primeros cristianos, los paganos les decían burlonamente "muéstrame a tu dios", pero ellos contestaban "muéstrame a tu hombre". Qué buen debate ese de la credibilidad de nuestra fe. Hoy en día la credibilidad es un activo muy importante, algunos quieren alcanzarla solo a base de maquillaje (ya decía Lope de Vega que "donde no hay belleza ni hermosura, todo se vuelve afeites y espejuelos"). Qué gran desafío ese de la autenticidad, esa sincera actitud de mostrarse uno como es, de manifestar la grandeza de Dios a través de la transformación de sí mismo. En cada Navidad lo intentamos también un poco cuando nos reunimos para celebrar, cuando repartimos ayudas que alivien algo a los otros, cuando cantamos villancicos en la novena y vemos en rondador los niños que llevan nuestra sangre y nuestra tradición y que crecieron también un poco más en este año. En esas reuniones, junto al belén y el árbol, vamos evocando también el macro relato de nuestra salvación: "Que la Ley se dio por medio de Moisés, el amor y la lealtad por medio de Jesucristo. Que a Dios nadie lo ha visto jamás y que Jesucristo, su Hijo único, nos lo ha dado a conocer" (Juan 1, 18). Las navidades tienen que ser lúdicas y festivas, pero no superficiales. Las dádivas y regalos de estos días no pueden camuflar en nuestra conciencia social la convicción de transformar el mundo también desde la racionalidad de la economía y de la política que implica la democracia, pues a mí y a muchos, no deja de preocuparnos ese cariz, desconocido antes, que va tomando el país, a medida que se aplica, sin consensos sociales, la lógica interna del relato político vigente en la revolución ciudadana. Gracias a Dios, este país carece de las virtudes y de los defectos de los genuinos revolucionarios.
Nos gusta más un cambio homogéneo y progresivo, respetuoso de los derechos humanos y de las leyes, como dice el cántico: "De las espadas, forjen arados, y de las lanzas, hagan podaderas" (Isaías 2, 4).
Hora GMT: 28/Noviembre/2009 - 05:12
