Por Luis Alberto Luna Tobar
analisis@hoy.com.ec
Prepara la liturgia, con vieja sabiduría secular, toda festividad religiosa, tratando de concentrar el significado de ella, en un prefacio que concentra cuantos siglos de piedad y eras de fe han promovido en la heredada trasmisión de creencias.
Desde ese prefacio, todos los creyentes pueden preparar su corazón y su inteligencia para una consagración de lo aceptado como materia de fe y como argumento de celoso culto comunitario.
El prefacio une el misterio de la fe a la consagración litúrgica que ratifica la creencia colocándola sumisa y segura entre el esplendor del dogma y la fuerza de una piedad que, de por sí, es sumisa.
Y es ese el secreto pedagógico, iluminador y profundizador, que nos lleva a los creyentes a cantar con júbilo lo aceptado con humildad y a proclamar con firmeza lo acogido con sumisa devoción.
Todos los que nos hemos consagrado al servicio creyente de las comunidades de fe, escuchamos desde el inicio de esa consagración cómo la Iglesia, en cuanto centro de comunidad, cuenta fundamentalmente con el júbilo interior de la creencia de cuantos viven su fe y a partir de ese júbilo o gozo íntimo.
La fe tiene en los individuos y en las comunidades que ellos conforman, un poder transformante de la rigidez dogmática de las creencias en el júbilo íntimo de las consagraciones.
Para el que ha asumido la misión de difundir filialmente el patrimonio heredado de lo gratuitamente recibido en esa herencia, es una garantía terminante e impulsora, sentir que su fuerza creyente es transmisiva.
Por eso, antes de todo sacrificio y como exigencia de cuanto significa entrega y ofrecimiento, rezamos o cantamos, personal y socialmente, el prefacio que nos coloca libres junto al amor sagrado que nos une y consagra hijos y hermanos de la fe y de sus grandes compromisos, promotores de lo humano y celosos custodios de lo sobrenatural.
En el desarrollo de lo sagrado y misterioso de la creencia y de los cultos personales y comunitarios que ella convoca y concentra, nuestra voluntad necesita una inteligente preparación humilde.
No es fácil explicar, en todos los niveles de la preparación mental o intelectual, las respuestas que la cultura da a las exigencias de las creencias.
Están ellas ubicadas en el mundo inconmensurable de la mente humana.
Las medidas de lo inteligente solo las tiene el silencio del que puede y quiere concentrarse en su sellado interior mental. Decían los antiguos maestros de fe: encierra tus ojos, entra en ti mismo y en silencio has llegado al prefacio de la luz.
Mira desde de tu intimidad y tendrás luz. Es el prefacio de Dios en toda vida.
Hora GMT: 02/Mayo/2009 - 05:12
