Ramiro Aguilar Torres
raguilar@hoy.com.ec
La semana anterior fui invitado a un congreso de Derecho Procesal en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. En honor de la ocasión, fui a lucir mis mejores galas y a compartir mis reflexiones sobre la motivación de la sentencia. En cuanto a las galas, apenas llegado a la sala Vicente Rocafuerte de la Facultad de Derecho, se engachó mi pantalón en un borde metálico de la butaca y se produjo la ruptura correspondiente. Esto descompone a cualquier conferencista. Tratar de disimular un pantalón roto ante más de 200 personas, es un problema que dispersa la atención.
En cuanto a mis reflexiones, y como consecuencia del incidente anterior, no creo que hayan estado muy lúcidas. Por suerte estaban previamente escritas y repartidas entre los participantes. Así, ellos sabrán evaluarlas cuando las lean con detenimiento.
Salí a toda máquina de la universidad para atender, como comprenderán, menesteres más domésticos. Embarcado en el taxi y antes de arrancar, se acercó, a tranco largo, un joven que me hacía señas de detener la marcha. Cuando llegó, me dijo algo que me dejó sin palabras: "Usted no me conoce; pero quería decirle que por usted me hice abogado. Gracias". Me dio la mano y se fue. No sé quién era.
En los últimos cinco años, cada vez con mayor fuerza, he sentido un desánimo absoluto respecto del ejercicio de mi profesión de abogado. En el Ecuador, se cambian las leyes sin ningún análisis conceptual. La mayoría de jueces encargados de aplicarlas, ha vendido – por un cargo y un sueldo - su independencia al poder con un cinismo abyecto. Se inclinan serviles ante el más insignificante delegado del Ministerio de Justicia, Interior, CNJ (Transitorio) o de la Contraloría. Los fiscales, que eran bastante buenos, ahora también cumplen su rol de mandaderos del poder político.
Con semejantes árbitros, buen número de abogados salidos de universidades de toda laya y condición, hace gala de irrespeto por el colega y el cliente. Quieren superar su ignorancia y bajos ingresos con falsas coimas, vulgaridad y actos de matón de quinta.
En estas condiciones, no es de extrañarse que, en estos años, haya estado a punto de abandonar la pelea antes del último round. Saber que alguien al que no conozco, toma mi ejercicio profesional como ejemplo y motivo para una decisión personal tan importante como su carrera, es un honor y un motivo para seguir adelante.
Con los años creí que eso de predicar con el ejemplo, era una frase más. Un joven guayaquileño, en un cruce de palabras de menos de un minuto, me enseñó que yo estaba equivocado. Definitivamente, se puede y se debe, predicar con el ejemplo.
No pretendo caer en la simpleza de poner mi ego a desfilar entre los modelos para seguir. Todo lo contrarío. Siempre pensé que no podía ser ejemplo para nadie. He ahí lo motivador de la anécdota kantiana que les cuento.
Autor: Ramiro Aguilar - raguilar@hoy.com.ec Ciudad Quito
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12/Julio/2012 a las 10:50
Segun analistas, es indispensable la independencia de funciones del estado, para tener una democracia funcional aceptable, esto tiene una falla, ¿que sentido tiene un congreso, o una corte independiente, si esta conformada por gente venal,?; aqui entra en juego la ¿peticion? del articulista, han de ser los que componen las altas cortes quienes han de forjar la credibilidad y confianza, por medio del ejemplo al emitir sentencias justas a tiempo; espero ver al autor en una corte futura.
12/Julio/2012 a las 12:42
La justicia siempre será relativa, simplemente porque en su entorno gira por un lado,la astucia del ser humano y por el otro, el poder del dinero, ambos depredadores de una sociedad justa.
12/Julio/2012 a las 13:20
Es una muy buena reflexión, nos deja ver claramente que el Ecuador se ha convertido en un país desinstitucionalizado, que quienes trabajan para el gobierno, son quienes mandan, pero nos olvidamos que eso crea una sociedad ignorante, basada en la corrupción, acaba con los principios y la ética de cada profesión, quiza los ecuatorianos piensen y obtengan principios políticos solidos para construir un pais desangrado y destruido por la robolución ciudadana y sus figuretis de pacotilla