Por Cecilia Velasco
Los últimos días de 2008 y los primeros de este flamante 2009 nos estremecen con las noticias de los ataques israelíes a la Franja de Gaza, que han dejado hasta el momento en que escribo estas líneas casi 400 muertos y más de 1 000 heridos, muchos de ellos pertenecientes a la población civil. Aproximadamente el 40%, dicen los reportes, son niños y mujeres, y han sido atacados templos y campamentos de refugiados y otros centros, como la Universidad Islámica, asociados por el Gobierno israelí con Hamás. Los túneles de Gaza se han convertido en perpetuo funeral. La operación, bautizada como "Plomo endurecido" sería una respuesta a los morteros y cohetes que habrían sido lanzados desde el lado palestino, cuyo impacto no ha cobrado vidas humanas. Las decenas o centenas de páginas de Internet nos muestran las imágenes del dolor, pues los servicios hospitalarios resultan totalmente insuficientes para socorrer a los heridos: niños heridos, jóvenes muertos, madres de luto. A estas alturas, ningún Estado del mundo, excepto Israel y los EEUU, ha callado su condena a los ataques, y todos claman por el cese el fuego, porque el mundo civilizado no podría soportar un genocidio de esta naturaleza. Este es un imperativo humanitario.
Las raíces del conflicto son complejas y tienen relación con las alianzas entre varios países poderosos, la historia del pueblo judío y el movimiento sionista, cada vez más consolidado con el apoyo de las Naciones Unidas, hasta su consolidación como un Estado ocupante. Por su parte, el movimiento palestino Hamás no acepta la legitimidad del Estado de Israel, creado hace 60 años, ni ve la utilidad de dialogar con los judíos, a menos que estos renuncien a cualquier derecho sobre Palestina. Son partidarios de ataques suicidas y terroristas en contra de población israelí. Hamás, en su rol de gobernante, ha prestado auxilio y protección a sus conciudadanos, si bien debido a su carácter fundamentalista y a su compromiso de destruir al enemigo judío, probablemente vea en sus compatriotas escudos vivos de defensa y ataque, instrumentos de Dios para la lucha, mártires necesarios.
Las naciones del mundo, la propia ONU, el Estado de Israel les deben una reparación a los palestinos, un resarcimiento histórico, que se traduzca en medidas concretas y duraderas, tal vez similar al que se hizo con el pueblo judío, tras la barbarie del nazismo. Mientras tales gestos no se protagonicen, habrá millones de palestinos históricamente maltratados y resentidos por haber sido sistemáticamente expulsados de su territorio. La población civil seguirá armándose, guiada por sus líderes, atacando y muriendo como víctima inútil. Y aun más, si razones políticas y patrióticas de distinto color se asumen como más valiosas y sagradas que las incalculables y sagradas vidas humanas, la sangre seguirá corriendo.
cevelasco@hoy.com.ec
Hora GMT: 06/Enero/2009 - 05:08
