Se llamaba Landrú. Yo mismo yo mismo lo bauticé.
Al principio era una bola de algodón, juguetona, colita retorcida, lengua sonrosada y colmillitos afilados. Y cuando ganó peso y tamaño, mi perro espectacular fue la mascota de todos nosotros y los niños del barrio.
Y un día, cuando elevábamos cometas, Landrú enloqueció de repente, nos atacó, y quedamos mal heridos. Mi hermano lo controló y, en feroz forcejeo, amarrado, logró llevarlo a nuestra terraza.
Desde entonces ese fue el territorio sagrado de la más brutal bestia, de ojos inyectados y colmillos sedientos de sangre que se lanzaba contra la reja queriéndonos matar.
Pasaron los años y nos cambiamos de casa.
El drama era el perro. Loco brutal, feroz, intocable, peligroso, era, al fin y al cabo, el perro de todos. Y le pedimos a un viejo trabajador que lo siguiera alimentando, tras la reja, en nuestra ausencia.
Yo mismo lo vi: cuando el perro sintió la casa vacía, recobró la cordura.
Le abrimos la puerta, y Landrú volvió a ser la mascota cariñosa y noble. Nos miramos a los ojos y, mutuamente, nos perdonamos.
Hora GMT: 12/Mayo/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por. Ramiro Díez V. Especial para HOY
