La Bandera y el Himno suelen ser los signos principales de cada nación. Aprendemos a identificarlos y a distinguirlos desde niños y sentimos su emoción durante toda la vida. Sin embargo, la veneración de un símbolo es adhesión principalmente a lo que representa; si no, solo sería fetichismo. Por eso, en estos días de veneración a la Bandera, conviene recordar que el patriotismo es también una virtud cristiana. Como dice Santo Tomás: Después de Dios, a los padres y a la patria es a quienes más debemos. De ahí que, como pertenece a la religión dar culto a Dios, así, en un grado inferior, pertenece a la virtud de la piedad darlo a los padres y a la patria (Suma Teológica, II-II, 101, 1). Y explica que en los padres están comprendidos todos los consanguíneos y, en la patria, sus amigos y nuestros conciudadanos. Esa virtud de la piedad para con la patria es lo que llamamos hoy patriotismo, un valor importante que se debe cultivar entre todos, si queremos que el Ecuador crezca, madure y florezca, no solo puertas adentro y en casa, sino también afuera.
Y, como nada puede nacer por generación espontánea, sino por cultivos bien precisos, habrá que resembrar siempre el patriotismo en su hábitat más natural, que es el de la virtud de la justicia legal, como mínimo imprescindible, y el de la sincera caridad, como máximo moral deseable. Para ponerlo en términos dialécticos: si la caridad es la tesis y la justicia, la antítesis, entonces la gratitud sería la síntesis ideal. Porque amar al Ecuador debe ser también cuestión de gratitud por lo que somos y por lo que todavía la patria nos puede permitir llegar a ser. De cada uno de nosotros depende portarnos como héroes o como villanos. Esta virtud está en el medio de dos excesos odiosos, el del nacionalismo (que confunde a la patria con el bien supremo) y el del internacionalismo (que diluye lo propio sacrificándolo a intereses extranjeros). Ambos caminos están plagados de slogans marrulleros y ninguno de los dos conduce a buen puerto, pues el uno nos condena al ostracismo en medio de un mundo globalizado en el que otros aprovecharán las ventajas que nosotros desdeñamos; y el otro nos llevará a la pérdida de identidad y a la desintegración nacional.
Para ser más patriotas en estos tiempos de desencanto por la cosa pública, algo bien concreto sería cultivar lo que tenemos, esos vínculos de vecindad ciudadana y esa afabilidad en la convivencia diaria, manteniendo la tradición y la paz, cuidando el mosaico variadísimo de nuestras etnias y sus mestizajes, sin descuidar la naturaleza privilegiada en que habitamos. Existen en el país suficientes personas capaces, suficientes gremios e instituciones con experiencia para que todos podamos crecer. Nos necesitamos todos para afrontar mejor el futuro y superar estas calamidades climáticas (y políticas) que este año nos azotaron sin piedad. Hay que unirse más para que la solidaridad nacional e internacional nos ayuden a salir adelante, potenciando, sobre todo, a quienes más perdieron. Y agradezcamos tener una patria, porque, como decía Séneca: No tener patria es un sufrimiento intolerable.
Hora GMT: 01/Marzo/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad QUITO Autor: Por Roberto Fernández
