Por Marena Briones Velasteguí
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Daniel González Lagier, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Alicante y autor de Emociones, responsabilidad y derecho, bien meditada obra que se publicó en este año y cuya lectura sugiero, abre sus reflexiones en torno a las relaciones entre las emociones y el derecho señalando que, no obstante haber sido objeto de estudio de variadas disciplinas, las emociones han sido casi totalmente descuidadas por los filósofos del derecho y, en general, por los juristas de tradición continental, tradición jurídica en la que se inscribe el Ecuador. Desatención, acota, que no puede atribuirse a los juristas del ámbito anglosajón, en el que ha surgido ya el movimiento Law and Emotion, y que no deja de sorprender porque las emociones son un componente esencial de las motivaciones del hombre para actuar y, simultáneamente, influyen en su capacidad para controlar su comportamiento y -como es notorio- los motivos de la acción.
Después de atravesar concepciones relevantes de la emoción, el esbozo de una teoría integradora de las emociones; las relaciones entre emociones y acciones, emociones y racionalidad y emociones y responsabilidad, González cierra su indagación iusfilosófica subrayando un rasgo central de las emociones: su dualidad. Las emociones son tanto razones como causas de la acción, apoyan la razón tanto como la limitan; impulsan nuestras acciones tanto como reducen nuestro control sobre ellas; disminuyen nuestra responsabilidad tanto como pueden aumentarla. Con esa condición dual, de una dimensión que no es consustancial y necesaria, es con la que los seres humanos tenemos que lidiar. El derecho también, señala González, para los efectos que le son propios.
De cómo lidiemos con esa condición dual de nuestras emociones, de si las emociones sobrepasan la frontera de lo beneficiosamente razonable, dependerá que nuestras acciones sean o no acertadas, merezcan o no merezcan reproche. Dice González: Una emoción equilibrada nos estimula, una emoción intensa nos ofusca, una emoción muy intensa puede hacernos perder gran parte del control de nuestra acción. Pues, bien, sobre esa base, voy a sostener que estos son tiempos de una patéticamente alta intensidad emocional en el Ecuador. Tan patéticamente alta que causa azoramiento la ligereza con la que, por sentirse agraviados o para excusar una falta, altos funcionarios públicos afirman o declaran casi cualquier cosa, aún cuando esa casi cualquier cosa retorne a ellos mismos como un bumerán.
Tan patéticamente alta intensidad emocional que, a punta de desquite, se ha puesto en sonada evidencia de qué distintas maneras pueden sobrevivir las irregularidades en el país. Que se las ponga en evidencia por supuesto que está bien. Pero, que para que eso ocurra y que para que las autoridades correspondientes empiecen a actuar sea menester una enemistad, es también patético. Si la revancha no hubiera encontrado esa vía de desfogue, ¿cuánto tiempo más de silencio e inacción hubiera pasado? De esa clase de patetismos abundan pruebas en el país. En el ámbito público y en el privado.
Hora GMT: 30/Octubre/2009 - 05:12

30/Octubre/2009 a las 09:17
Interesante el artículo Marena. Es cierto vivimos acosados por la alta "intensidad emocional", que como usted bien lo anota se evidencia mucho en funcionarios públicos, y yo diría también en los gobernantes. Sin embargo, considero también que de esta lógica también no escapan los medios de comunicación, existe en muchos noticieros esa "alta intensidad emocional", que dada la trascendencia e impacto de lo que puede producir en la sociedad, es igualmente perdjudicial.
A parte de la "alta intensidad emocional", hablaría, de un alto poder de destemplamiento y halaraca. Esa convinación en medios de comunicación y poderes destemplados, nos hace mucho daño.
Trataré de conseguir el libro, gracias por su ilustración