Quito (Ecuador). 03 mar 96. (Editorial) Los que dicen que la
ceguera consiste solo en la imposibilidad de ver, mienten. La
ceguera afecta también al gusto, al olfato, al equilibrio y a
la dignidad.
Comencé a quedarme ciego en la mañana. Pero un poquito, nada
más. Cuando me afeitaba frente al espejo, como mi ojo
izquierdo no enfocaba con la suficiente claridad la mejilla,
sentí que la gilette me rasuraba la nariz y pegué un grito.
Ya alertado, con el ojo derecho miré que su colega izquierdo
presentaba un peligroso enrojecimiento a la altura de la niña
con tendencia al llanto, como toda niña. Pero después
constaté que la niña no solo lloraba sino que también se hacía
pipí dentro del iris. Y popó y todo las asquerocidades que
hacen las niñas.
En la convicción de que tanta escatología ocular
desaparecerían en el transcurso de los siguiente minutos, me
aliste a salir de mi casa envuelto en una bufanda y protegido
por una chompa.
-¿Cómo así se va tan abrigado?, me preguntó, sorprendidísima,
la Cata.
-Es que el tiempo está infame y yo le hago caso al Diego
Oquendo que aconseja que en mañanas lluviosas como éstas hay
que cuidarse- le respondí.
-¿Cómo que llueve? ¡Pero si hace un solazo!- me replicó la
Cata con una voz absolutamente tropical.
Mientras, humillado, me despojaba de todas mis prendas de
invierno, comprendí que la neblina flotaba exclusivamente en
el interior de mi vista.
Al medio día esa neblina se había convertido en un smog
espeso. Fue entonces que un compañero de la redacción, sin
más que hacerme un lejanísimo examen, me diagnosticó que el
mal que me aquejaba era el conocido en el mundo de la
oftalmología como patada china y que, además, era
contagiosísimo. Enseguida me recomendó unas gotitas
inofensivas cuyo nombre, lamentablemente, había olvidado pero
que podían adquirirse en cualquier farmacia.
Corrí (es un decir) a tientas hacia una botica y pedí unas
gotitas inofensivas para la patada china. La señorita que me
atendió (que luego protestó airada porque dijo que era señor
¿o es que acaso no me daba cuenta?) me respondió a prudencial
distancia que me iba a dar el colirio preciso para la
conjuntivitis, ya que aquello de patada china era un
vulgarismo científicamente inaceptable. A varios metros de
distancia me advirtió lo que ya sabía: que el mal era
contagiosísimo. Luego me explicó que, para que hiciera efecto
el medicamento, debía aplicarme no sé si dos gotas tres veces
al día o tres días durante dos gotas. Añadió que junto al
inofensivo frasquito reposaba una hoja de instrucciones que,
obviamente, no pude leer.
Poco después de aplicarme la primera dosis en el pleno centro
del humor vítreo, el smog comenzó a desaparecer aunque
enseguida percibí un amargo sabor en el paladar y noté que las
fosas nasales perdían su capacidad olfativa.
Como mi ojo aún presentaba un aspecto encarnizado, me chanté
un par de gafas con las cuales, además de ganar un estatus de
exéntrico por llevarlas incluso durante las noches más
cerradas, evitaba que la gente que me veía comenzara a correr
en dirección contraria.
Apenas pude leer la hoja de instrucciones que venía junto con
las inofensivas gotitas, me enteré que el medicamento podía
producir, entre todos los efectos secundarios que ya me había
producido (más mareos, náuseas y profundo sentimiento de
culpa), también anemia plástica, cuyos efectos mortales
comencé a notar porque todo lo que veía tenía una coloración
marcadamente verdosa.
Cuando, a los tres días con sus noches me atreví a sacar las
gafas comprobé que la anemia se iba como por encanto, pero
regresaba cuando me las volví a poner. Ahora mi duda
existencial es: ¿Me pongo las gafas y muero con anemia
plástica o me las saco y vivo lo que me resta rechazado del
mundo con la patada china? (Diario HOY) (4A)
Hora GMT: 03/Marzo/1996 - 05:00 Autor: Por Francisco Febres Cordero
