Rafael Oyarte
royarte@hoy.com.ec
Su importancia es radical dentro de una democracia, tanto que personajes como Adolfo Hitler se ufanaban de haberlos destruido. Cierto es que en Ecuador las organizaciones que llevaban la denominación partido polÃtico, salvo honrosÃsimas excepciones, distaban mucho de serlos.
Los verdaderos partidos organizan la participación de la ciudadanÃa, procurando lograr el poder para beneficio de la sociedad, según su ideologÃa. Su ausencia es tan notoria en nuestra democracia representativa que el elector no los busca a la hora de votar, sino que se ve obligado a escarbar entre la maraña de candidatos que se le proponen en cada elección.
Tan importantes son en un régimen constitucional, que hay sistemas que establecen la denominada democracia de partidos o partidocracia, esto es, que solo los partidos polÃticos pueden presentar candidaturas.
En nuestro paÃs la Constitución de 1967 estableció que solo los partidos podÃan postular candidatos a elecciones pluripersonales y la de 1978-79, a más de ampliar esa exclusividad a todas las dignidades, cometió el error de establecer que solo los afiliados al partido podÃan ser elegidos, violando el principio de igualdad e impidiendo al partido auspiciar candidaturas.
Dos consultas populares se dieron para eliminar el monopolio partidista absoluto: en 1986, con un resultado negativo por lo distorsionado del evento, y en 1994 en que se rompe con amplia mayorÃa. De ahÃ, pasamos a una marea de movimientos de los que el elector poco y nada sabe de sus integrantes y su ideologÃa.
Cuando se tiene un régimen de partidos consolidado, con organizaciones ideológicas y democracia interna, el elector no está sometido a hurgar en la papeleta buscando algún nombre más o menos conocido, cuando no está abandonado a una suerte de adivinanza electoralista. Cuando hay verdaderos partidos, el trasfuguismo es casi marginal y las sorpresas en las votaciones congresales disminuyen. Y no se trata de que en las listas no hayan futbolistas, cantantes, presentadores de televisión o actores (Ronald Reagan lo fue) sino que el ciudadano tenga la certeza que los legisladores que eligió respondan a sus ideas y aspiraciones.
A los autoritarios les conviene que no existan partidos polÃticos. El caudillismo genera esbirrismo. Un partido polÃtico genera debate ideológico y cuando se llega al poder los cargos no se entregan como premio al apoyo particular o a la amistad, pues los futuros funcionarios están ahÃ, en el partido, más allá de las simpatÃas o las antipatÃas personales.
Lo mismo ocurre con las candidaturas: se van ganando a pulso dentro del partido. Por ello en esas democracias se puede ver que el Jefe del Estado antes fue senador o diputado nacional y que comenzó como miembro de lo que entre nosotros es una junta parroquial o un concejo municipal, sin saltarse escalones y pisos completos.
Se vienen las elecciones. ¿Sabe usted cuál es la ideologÃa de la o las organizaciones polÃticas a cuyos candidatos va a favorecer con su voto?
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Autor: Rafael Oyarte - royarte@hoy.com.ec Ciudad Quito







