Por: Marco Lara Guzmán
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Los sucesos del jueves negro en Quito postergaron las lecturas de los resultados electorales de Venezuela, poliedro de múltiples caras que deben ser vistas desde distintos costados para obtener lecciones. La verdad fue que la oposición sacó más votos que Chávez.
La barata pirotecnia verbal del perdedor no debe ocultar dos elementos que aportaron a la victoria opositora. Uno, la sensata unidad de los que enfrentaron al poderoso. Primó la inteligencia frente a la situación emergente de ese país que está bajo una penosa condición económica, en un camino delirante hacia la eternización de un personalismo craso, absolutamente inadmisible con lo democrático y republicano, porque lo cierto es que el PSUV, más que un partido socialista, es un craso e incondicional chavismo. Los opositores, después de su anterior abstención, se presentaron ahora a los comicios logrando un excelente resultado que ha demostrado que los temores son superables y que lo invencible no existe y que no hay ídolo que no esté condenado a estrepitoso derrumbe, más temprano que tarde.
Ahora, tiene la mayoritaria oposición un camino abierto, no exento de dificultades, porque el chavismo, relativamente cercanas las elecciones presidenciales, buscará sacar ases de sus mangas, ya sea exarcebando, si posible fuera, la lucha de clases, ya sea adquiriendo, con bonos y más medidas clientelares, el favor popular. Si el chavismo va hacia lo que llaman "radicalización" de la revolución, muy probablemente acelerará su ocaso, porque provocará mayores daños a la sociedad venezolana dando mejores y mayores armas a los contrarios. Desde luego, podría darse también el caso remoto de que recurra al embozo con pieles de oveja para bajar el tono y las confrontaciones y volverse, de la noche a la mañana, manso y conciliador.
Pero la oposición tiene también, y dentro de sí, la obligación de mantener a ultranza su segundo acierto, consistente en no haber colocado candidaturas o aspiraciones presidenciales en el centro de la mesa, a manera de manzana de la discordia. De lo que se puede conocer a la distancia, los aspirantes han tenido el buen sentido de inhibir sus posiciones para dar paso a la unidad.
En el Ecuador, urgido de tener una oposición democrática e inteligente, no hay visión de unidad y desinterés. Entre los partidos políticos, subsisten reticencias y egoísmos absurdos.
Pero los defectos no son exclusivos de los políticos. Es escandalosa la actitud de los independientes, cuya pecaminosa virginidad es causa que explica la situación. Reacios o temerosos, no participan. Listos para criticar, cómodos en sus hamacas, no cumplen su primera obligación social.
Si a eso se añade que los atisbos de candidaturas presidenciales prematuras conspiran contra la unidad y siembran desconciertos, tenemos entonces el cuadro completo. Esos ensombrecidos postulantes están haciendo el papel de cocineros del caldo gordo que el oficialismo apetece. No han entendido, al parecer, que su mejor aporte al país sería el elegante y explícito retiro de sus aspiraciones.





