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Papelón

Publicado el 01/Febrero/2010 | 00:09

Por Francisco Rosales Ramos
rosales@hoy.com.ec

Reuniones emergentes de jefes de Estado pertenecientes a la Alba, viajes a Managua para organizar un frente que respalde al presidente Zelaya, víctima de un golpe de Estado, declaraciones pomposas y sensibleras que prometían ofrendar sus vidas antes que permitir que se atente contra la democracia, traslados con guardias personales, equipos de emergencia y hasta hospitales de campaña para la marcha sobre Tegucigalpa. Al mismo tiempo el gran ideólogo y conductor del movimiento se quedaba tranquilamente en su palacio presidencial de Miraflores. Y, por último, Itamaraty, de larga tradición y ortodoxia diplomática, brindó su Embajada para que Zelaya intente retomar el poder. ¿Parte de buscar un puesto en el Consejo de Seguridad?

Todas esta actuaciones de opereta terminaron el pasado miércoles cuando Porfirio Lobo, elegido en las urnas el pasado noviembre, tomó posesión de la presidencia de Honduras y reinstaló un Régimen legítimo. Zelaya, acogiéndose a un indulto del nuevo jefe de Estado, abandonó cabizbajo la Embajada de Brasil para viajar a República Dominicana en calidad de invitado del presidente Leonel Fernández. El Gobierno de Lobo no ha sido reconocido todavía por los albinos, pero terminarán haciéndolo una vez que la comunidad internacional acepte que es el resultado de la libre expresión de la voluntad ciudadana.

Pero vale recordar la causa principal para esta tremolina que ha afectado la vida institucional de Honduras. El señor Zelaya, elegido por un partido de derecha, se convirtió en discípulo del señor Chávez cuando se acercaba el término de su período presidencial y vio en la protección de Caracas la posibilidad de perennizarse en el poder, siguiendo la línea de su protector. Para ello, en contra de expresas normas constitucionales a las que había jurado defender, que prohibían no solamente la reelección inmediata sino todo intento de reformar la Constitución para ese propósito e ignorando decisiones del Congreso y la Corte Suprema de su país, se lanzó a una amañada consulta no vinculante para que el ciudadano exprese la voluntad de modificar la Carta fundamental y permitir la reelección. Ante el desacato flagrante de la Constitución y de las resoluciones del Congreso y la Corte Suprema, las Fuerzas Armadas, en un acto reprochable e innecesario, sacaron a viva fuerza a Zelaya y lo mandaron fuera del país. Pero no se trató de una asonada militar como las que se han dado a lo largo de la historia de los países latinoamericanos. Fue Zelaya, aupado por sus mentores, quien violó la Ley que juró acatarla y defenderla e ignoró las resoluciones del Congreso y de la Corte Suprema.

El hombre sensato aprende de la historia y valora la experiencia, el necio se mantiene en su dogmatismo y soberbia. Los ciudadanos de Honduras han dado muestras de no ceder a la manipulación del poder y estar dispuestos a defender la alternabilidad democrática por encima de exabruptos y amenazas.

Hora GMT: 01/Febrero/2010 - 05:09

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