Por Luis Alberto Luna Tobar
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Condensamos en un solo término todo el significado, importancia y trascendencia que él puede tener, expresar y exigir, tanto en los diálogos más íntimos que mantiene el amor, como en las amenazas más determinantes que provoca el orgullo herido o que propone nuestra decisión terminal e invariable.
"Palabra" se ha constituido, por mérito de los tiempos de pronunciarla o de oírla, en el signo de relación humana más definidor.
Sin embargo y por declaración de cuantos han tenido que recurrir a ella, también se ha logrado con se devalúe a ingrata merced de caprichos, de debilidades y hasta de preparadas y arregladas falsías.
"Palabra", por lo tanto, es término sagrado que se profana, expresión jurídica que se empobrece o debilita a merced de prejuicios y falsías, recurso ordinario que facilita comunicaciones válidas lo mismo que establece diferencias y atropella verdades indefensas. Poder e impotencia se encuentran en las vecindades de la palabra y es ella, de acuerdo con la veracidad, la limpieza de expresión y la nobleza de principios de quienes pronuncian cualquier "palabra" y de quienes la escuchan, la entienden, la valoran en sí misma o la devalúan a merced de cualquier intrascendente poder o exigente significado falso.
Y estamos ante uno de los problemas más graves y generales que afronta la humanidad pensante y el grupo impostor de los que imponen el uso falso de la palabra y la interpretación torcida de su real significado.
A partir de este instante, que aparece repentinamente o que se establece osadamente en todo diálogo social, oficial o privado, es necesario que reconozcamos todos esta grave crisis ética de la "palabra", lo mismo la que sale de labios de oradores fáciles que la escriben notarios o copistas de autorizada potestad u oficio.
Las Academias, que deberían exigir mayúscula siempre que se las cita o postula, dada su indiscutible trascendencias, deberían iniciar una campaña valiente y sincera, postulando una revisión de sus léxicos y un aplazamiento de sus "escribientes" hasta que consigamos todos los que defendemos su integridad y trascendencia, y en ella la Justicia, la verdad y el honor de personas e instituciones.
Sin ninguna exclusión o sin conceder excesiva trascendencia a quien por derecho no la ha, todos los que tenemos un espacio escrito o hablado en cualquier medio de comunicación o difusión hablada, debemos postular nuestra propia revisión, como un deber de justicia para con el pueblo lector y para los organismos que la sociedad promueve y dirige, en servicio comunitario de cualquier orden. Es necesario que purifiquemos personalmente nuestra propia parcela de comunicadores sociales. La palabra nos lo exige.
Hora GMT: 11/Abril/2009 - 05:10
