Diego Ordóñez
analisis@hoy.com.ec
Úrsula Iguarán, la centenaria en Cien Años de Soledad, deseó en un momento despotricar como una verdulera y mandarse todo por el fundamento. Incluso para Macondo, pueblo de locos, la devastación era demasiado. Nadie, del lado no gobiernista, había previsto tan magistral trampa. Concluido el proceso de validación de las nuevas organizaciones políticas, ha sido el mejor momento para que los operadores electorales del régimen acusen, en forma indeterminada, de falsas firmas a las que han sido presentadas para obtener el porcentaje requerido. Esta trampa fue tramada mucho antes. Y fue escrita y promulgada por quienes eufemísticamente se llaman "nueva izquierda" a quienes, como a todos, les será cercenada la testa con la guillotina que ayudaron a construir.
En la Constitución de Montecristi se sentenció de muerte a todos los partidos políticos; sin ninguna razón ni legitimidad democrática. E instituyeron requisitos simplísimos para armar un movimiento local. Algo más complicados para hacer un movimiento nacional. Y muy complicados para organizar un partido. Pero ninguna firma podría repetirse. Así que, observando el fenómeno en términos de mercado, el competidor dominante, esto es, el que usa del Estado para promover su organización tuvo mucha holgura para presentar las firmas requeridas. Vino entonces el arrebato del movimientismo local. Y el mercado de firmas cada vez se redujo más. Más aún de lo que venía reducido por el discurso intimidamente que ha convertido a la militancia partidista casi en comparable con la prostitución.
Todo lo sucedido es apenas obvio que debía suceder. ¿Qué esperaban los constituyentes que suceda luego de arrasar constitucionalmente la débil estructura de partidos? Entre ingenuos y malintencionados, creyeron tal vez qué surgiría una sólida alternativa de organizaciones políticas que fortalezca la democracia? Y hay intentos sanos en ese sentido. Pero que oprobiosamente se les ha cubierto del mismo manto de desprestigio que combina, y lo hace eficientemente, la trampa electoral y la verborrea descalificadora que no deja títere con cabeza.
La maniobra no ha sido perfecta. Hay firmas falsas en los registros del movimiento correísta. Por lo que el jefe de los operadores electorales del régimen, metió freno. Y afirmó que puede ser que el problema se deba a un boicot interno. Al mismo tiempo, la vergüenza no cambió la mueca de desprecio ni el volumen del vozarrón ronco. El Gobierno quiere tomar la delantera y con retórica y efectismo busca tapar el sol con un dedo. Es tarde para eso. Para no devastar todo, incluso el último halo de esperanza de que las cosas se puedan hacer decentemente –y hay varios movimientos y dirigentes que así se muestran-, es mejor que el Gobierno y su CNE dejen las cosas como están. Y todos juntos, insisto todos juntos, restaurar la credibilidad para que el siguiente proceso electoral deje mínimas dudas de ilegitimidad.
Cierto que el poder desmedido obstruye la razón. No obstante alguien debe hacer esfuerzo de recuperarla y con ello concluir que en un lodazal todos terminan embarrados. El movimiento político correista, por más cinismo que muestre, ya muestra las tremendas salpicaduras del lodo arrojado por Paredes.
Autor: Invitado de HOY - analisis@hoy.com.ec Ciudad Quito






