Por Juan Falconí Puig
De la deuda inglesa, con la que en parte se financió las guerras de la independencia, la deuda externa se incrementa, en realidad, desde la dictadura del los años setenta, durante la cual se aplicó el endeudamiento agresivo. El hecho cierto, claro está, es que el desarrollo económico solo se financia con inversión, pública o privada, nacional o internacional, y a falta de estas, con endeudamiento como, por ejemplo, bonos o empréstitos, principalmente internacionales.
En esa época la inversión fue desalentada, si no repudiada, pues en el Ecuador se aplicó la Decisión 24 de la Comisión del Acuerdo de Cartagena (Pacto Andino, hoy Comunidad Andina de Naciones) que operó más como disuasivo de la inversión, lo que generó la salida de Chile del grupo. Pero como los fondos son indispensables, se acudió entonces a ese endeudamiento agresivo ya que al mismo tiempo venían a nuestros países los banqueros internacionales, abarrotados de petrodólares porque subió significativamente el precio del petróleo crudo y los países árabes, productores del mismo, depositaban sus ingentes y súbitos recursos en esos bancos. Esta, la de los años setenta, fue la verdadera década perdida para América Latina, puesto que en los años ochenta solo sufrimos las consecuencias de haber perdido ese tiempo al repudiar la inversión que nos era necesaria.
Resumiendo los años en pocos renglones nos ubicamos en el informe actual de la Comisión encargada del análisis de la deuda externa, que a algunos causa alarma. Claro que no todos los involucrados tienen el privilegio de la mafia Isaias y sus amigos, de "cartearse por la prensa" con el presidente de la República, para pretender justificar en un supuesto odio, que les cobren las cuentas pendientes con un país en cuya economía y moral se han cebado, hasta aquí impunemente. ¿Con qué fondos se pagan los remitidos? ¿Con el dinero de los depositantes? Si la lógica fuera el odio, querría decir que algunos funcionarios públicos, en ciertas épocas, sintieron verdadero y apasionado amor por los acreedores internacionales, como en las ocasiones que se renegoció la deuda en términos favorables a ellos; amor comparable con el de los abogados del Estado cuando no contemplaron que el precio del petróleo podía subir, no solo bajar. Y semejante sentimiento sería apenas un pequeño afecto comparado con el que, en su momento profesaron a Roberto y William, "escritores" a porfía, Fiscales como la nada Santa Mariana; presidentes de la Corte Suprema de dólares y Pico; Superintendente de Bancos y diputado de Dádivas, todos con Rasero, amén del sublime amor presidencial del que también se jactaron. Amor libre en los tiempos del cólera que produce la ingestión de especies monetarias verdes. Ahora les indigna que el gerente de la AGD no les demuestre el mismo amor del que antes gozaron.
jfp@hoy.com.ec
Hora GMT: 05/Diciembre/2008 - 05:07
