|    Pico y placa Quito:  9-0    |  

¡Oh, virgen Dolorosa!

Publicado el 21/Abril/2007 | 00:00

Es hermosa esta devoción quiteña. Y emociona cada año ver su santuario más lleno y ese trajín de la gente, participando en la novena, con la fe encendida desde el rosario de la aurora hasta las vísperas; y con el alma poblada de recuerdos adolescentes, cuando la devoción fue quizá oportunidad, o pretexto, para encontrarse con la persona querida y rezar con ella. Es que, gracias a la actividad docente de los jesuitas, está bien posicionada la Virgen Dolorosa en el corazón de los fieles, y por eso, estos días, en el ajetreo urbano, y entre la infinidad de íconos de nuestra cultura posmoderna y sus quehaceres, para un creyente, ir a verla es algo tan normal como entrar en una farmacia o pasearse por un centro comercial.

Miramos con ternura ese cuadro milagroso de la Virgen llorando y sentimos que también llora por nuestras culpas de náufragos reincidentes. ¿Por qué nos llegan tanto a los hombres las lágrimas de una madre?

Algunos se preguntan si estará bien; si quererle a la Virgen y a los santos, no le quita espacio a Dios, causa primera de todo. Si no exageraremos demasiado los católicos exaltando a la Madre de Dios y, si no estaremos dejando a un lado a Cristo, Único Mediador entre Dios y los hombres (Hebreos 9, 15; 10, 10). Es cuestión de entenderlo y nos lo explica bien la teología, esa ciencia que pretende articular racionalmente el dato revelado con la praxis de la fe. Una devoción no es otra cosa que la expresión de una gran amistad. Devotio significa, en latín, afecto. Como hay una teoría del sentimiento y una inteligencia emocional, hay también una teología de la devoción. Por eso, allí en donde se da una devoción cristiana, por ejemplo la devoción a la Virgen, el buen teólogo debe retrotraerla a algún principio manifiestamente revelado; en nuestro caso, a aquellas palabras de Jesús: “Mujer, ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu madre” (Juan 19, 26-27). Pero, si estas palabras de Jesús son tan importantes y expresivas , es porque nos están manifestando hasta qué punto el papel único y especial que María tiene como madre en la vida de Jesús se extiende ahora, por voluntad del mismo Cristo, también hasta nosotros, que somos su cuerpo místico. La comunión de los santos, que confesamos en el credo, consiste en la unión de todos nosotros en la persona de Jesús. Por eso le llamamos “cabeza del cuerpo de la Iglesia” y por eso este cuerpo, constituido por la comunión de los bautizados, se va desarrollando en la Historia hasta alcanzar la proporción adecuada a tal cabeza formando así el Cristo total. Así resulta que amar a Cristo es igual que amar a sus miembros; y amar a sus miembros es igual que amar a Cristo. De modo que no hay contradicción ninguna en la afirmación de estos amores, pues son correlativos y complementarios.

Esas devociones que nos acompañan de por vida, no son otra cosa que nuestras grandes amistades espirituales; el nexo afectivo que nos une a las personas de la Trinidad, o a la Virgen María, o a determinados santos, nos anima a imitarlos y a no transgredir aquellos límites que nos pueden alejar del hermoso destino que tuvieron.

Cierto que a algunos cristianos estos temas les resultan tan lejanos como la ecología a las plantas; y sin embargo, muchas plantas deben su vida a los buenos ecologistas.

Hora GMT: 21/Abril/2007 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Roberto Fernández

Archivado en | Deportes 

Tags :



Actualizado por

1

hoyenlinea - en Diario HOY - Noticias de Ecuador.

Publicidad