Por Juan Carlos Moya
Tengo en la cabeza la imagen de una mujer que se arroja del cuarto piso de un edificio con sus hijos y se estrella contra el pavimento.
Cierro los ojos. Siento el pavor ancestral que la muerte deja en nuestra boca con su proximidad o presencia. Pero sobremanera me apena la búsqueda de la muerte por mano propia. La mujer de esta imagen tiene un nombre: Jéssica Burbano.
Hace una semana, cerca de las 15:30, ella subió hasta el cuarto piso del condominio Forestal 1, ubicado al sur de Guayaquil. Y desde ese balcón, se arrojó al vacío junto con sus hijos de 3 y 6 años.
La muerte de un ser humano debería exigirnos una reflexión familiar y social.
El Día Mundial para la Prevención del Suicidio, organizado entre la OMS y la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP) recoge una declaración de la Dra.
Catherine Le Galès-Camus, subdirectora General de la OMS: "Cada suicidio supone la devastación emocional, social y económica de numerosos familiares y amigos. Se producen más muertes por suicidio que por la suma de homicidios y guerras", enfatizó la funcionaria. Y la ONU ha revelado: "Casi 1 millón de personas se suicida cada día en el mundo o una cada 40 segundos".
Sospecho que la desazón existencial, el abatimiento moral y mental, la caída, el viaje al fin de la noche humana, ha tenido vislumbres hondos y lúcidos tan solo a través del discurso filosófico y artístico. Hallo en la literatura y en las tragedias hechas teatro, profundas explicaciones de nuestros miedos, miserias y soledad en este paraíso devastado.
Las complejidad del dolor emocional y las fracturas mentales que se esconden en el sótano de nosotros mismos han logrado explicaciones tan solo estadísticas en los periódicos y en boca de políticos primarios. Hemos canjeado la armonía interior por la industria de hacer dinero, la paz por el poder. Seguimos empecinados en analizar todo ritual de ego y fuerza: sea político o tenga goles. Mientras tanto, en los libros se siguen d-escribiendo historias donde un ser humano sufre, incomunicado de su propio mundo, amenazado por la violencia latente de sus prójimos. Y esa, justamente, es la vida que los medios no alcanzan a registrar, a notificar.
El inquilino, filme de Roman Polanski, plantea, por ejemplo, la descomposición mental de un ciudadano atrapado entre sus vecinos, quien finalmente decide saltar desde el balcón de su domicilio. Bartleby, el escribiente (de Melville) o La señora Dalloway (de Adeline Virginia Stephen) han puesto la pluma en la llaga de una sociedad que se cae a pedazos.
Jéssica Burbano, a quien se le diagnosticó esquizofrenia, tenía extrema preocupación por la violencia en la ciudad. "Entró en crisis, hace un año, al enterarse de que en un bloque adjunto una mujer mató a su esposo"
¿Se puede iluminar el paisaje decretando la felicidad? ¿Hay vacuna que cure el malestar en la cultura? ¿La violencia y la desesperanza son semillas que estamos sembrando a diario y con los ojos cerrados?
jcmoya@hoy.com.ec
Hora GMT: 17/Septiembre/2008 - 05:07

17/Septiembre/2008 a las 12:38
Excelente, estimado Juan Carlos. Tema áspero, difícil, es la muerte; se convierte en tabú cuando es por mano propia y en tabú mayor cuando incluye filicidio.
La locura, cosa extraña para los que nos creemos cuerdos en nuestra propia insanía, permite estas historias urbanas, difíciles de ignorar como noticia, aun así muy posibles de soslayar como sociedad.
Felicitaciones por lo escrito.
17/Septiembre/2008 a las 15:49
Gracias, un artículo muy diferente, humano, cálido, profundo.
Creo firmemente que la espiritualidad es un soporte fundamental para que el ser humano pueda sobrellevar este tipo de dilemas existenciales.
Otra vez, gracias
17/Septiembre/2008 a las 18:34
Hay alguna equivocación en los datos tomados de la ONU acerca de los suicidios a nivel mundial, si es que se presentan un millón de suidicios al día deberían acaecer 11 suicidios cada segundo o si es que se produce un suicidio cada 40 segundos, al dia ocurrirían solamente 2160 suicidios. En algun lado está el error.
22/Septiembre/2008 a las 11:52
...que dolor tan profundo ha podido sentir mi alma y todavia lo siente al recordar esta tragedia humana. Cierro mis ojos y callo mi mente, y puedo palpar los gritos de angustia de aquel niño de 9 años, siendo arrastrado por su madre con toda su fuerza hacia aquel vacio de locura indecifrable, que cosas tan inenarrables habran pasado a raduales, como cauce de rio violento por los pensamientos inocentes de aquel niño...que horribles presentimientos deben haber lacerado su alma y su vida, que horribles angustias y panicos habra sentido en su corazoncito....millon gritos pidiendo ayuda y nadie quizo escuchar y ni ver ni jugarse el pellejo por ellos, a nadie le importo él, su madre y su tierno hermano. Los tres juntos terminaron su vida en el vacio de nuestro amor, en el vacio de nuestro egoismo.
Vivimos a espaldas del otro, compartimos los mismos espacios, nos vemos, nos saludamos, pero no nos amamos realmente, no amamos al otro ser que Dios puso junto a nosotros...solo convivimos de manera absurdamente egoista.
Esta terrible tragedia y suicidio...no hace mas que revelar nuestra estupida forma de vivir...sin darnos la mano, sin vivir por el otro, sin interesarnos para nada por el hermano que vive, por el hermano que sobrevive y muere cada dia calladamente..
Este espeluznante drama humano es una bofetada a nuestra forma descomplicada y "ligth" de vivir.
Que la justicia y el amor divinos nos permitan a nostros dizque "seres humanos" evitar radicalmente estos acontecimientos que hieren brutalmente nuestra conciencia y nuestra vida.
Gracias.