Por Marena Briones Velasteguí
mbriones@hoy.com.ec
No es que no interese, o que no importe, de dónde provino la propuesta o quiénes le dieron la aprobación final. Esa siempre será una información útil para evaluar la calidad de una gestión pública y, si es del caso, los méritos de una acción privada. No es tampoco que no interese, o que no importe, que, ante problemas sociales tan profundamente complejos como la violencia -que no se reduce a los asaltos o los secuestros- y la inseguridad, la respuesta inmediata sea exigir o anunciar reformas legales y cercos punitivos más estrechos. Claro que importa y que interesa, y mucho. Importa e interesa porque está demasiado claro que no hay legislación que, por sí sola, pueda componer nada y porque también está demasiado claro que todo problema social requiere soluciones íntegras.
Así es que el hecho de que aquí no vaya a referirme a tal interés y a tal importancia no significa que los pase por alto. Lo que quiero es ir más allá de ellos.
Quiero poner de relieve que, para reducir supuestamente la comisión de actos delictivos, llevamos años de años modificando una y otra vez la legislación, echándonos la culpa unos a otros, tirándonos a las calles para ver si algún pez cae desde el río revuelto sin conseguir en definitiva nada. No sé si es cortedad de mira. Ni sé si es carencia de una efectiva y real voluntad. Lo que sé es que, en el asunto en cuestión, cada quien tiene su gran parte de responsabilidad.
Ninguna de las instituciones involucradas se salva en este tema. Así de directo y así de simple. Y sé también, porque es absolutamente obvio, que otro sería el cantar si una valiente predisposición allanara el camino al esfuerzo en conjunto.
Lo curioso, por decir lo menos, es que sobra información acerca de por dónde nomás andan las debilidades del sistema y acerca de por dónde nomás suelen colarse las fugas. Que se piense que todo eso, que se debe más a actos humanos que a otra cosa y que se debe además a la descomposición económica, política y comunicativa a la que hemos conducido al país, vaya a ser enderezado con mayores penas, con más tiempo en prisión y con amenazas normativas de castigar a los corresponsables solo revela que o no se conoce nada acerca del Ecuador o no se tienen ganas de hacer lo que se debe hacer. Revela también que legislar no es una tarea de la que nos podamos sentir orgullosos. Pues, si con cierta frecuencia, a la vuelta de la esquina, reaparecen viejas situaciones que nuevamente nos conducen a cambiar lo que poco antes habíamos cambiado, quiere decir que varias brújulas sensatas y reiteradas dosis de técnica legislativa nos han venido haciendo falta.
En el desempeño de menesteres de tanta envergadura como expedir leyes, administrar justicia, investigar la comisión de delitos, auxiliar con la fuerza pública, operar el sistema de rehabilitación social, así como en el diseño, coordinación y ejecución de las respectivas políticas públicas, no hay excusa que valga. No la hay para lo que pudo ser previsto. No la hay para resistirse a arrimar el hombro. No la hay para escudar en ella la existencia de los propios pecados.
Hora GMT: 16/Octubre/2009 - 05:08











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