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No confisquen la lengua

Publicado el 06/Septiembre/2008 | 00:07

Por Alexandra Ayala Marín

Ni la pluma -o las teclas, que suena más exacto ahora- añadiría yo a la sentencia de Jefferson Pérez cuando recibía su segunda medalla olímpica: "Ojalá no nos confisquen la lengua". Y desató críticas e insultos que, de acuerdo con sus declaraciones, sirvieron para que algunas personas pretendieran borrarle la aureola de gran campeón olímpico. Es la fuerza de las palabras, que suele anular o disminuir la fuerza de las acciones, porque muchas de estas no se ven, y las otras se oyen o se leen. Aunque se diga lo contrario.

Pero no que es el pequeño gigante de la marcha mundial estuviera desinformado, como innecesariamente le replicó el "presidente en receso" de la Constituyente. Solo puso en su boca el temor que ronda a mucha gente en este también pequeño país donde los gigantes de espíritu, como él, no son frecuentes. Entonces, los enanos de mente responden con impertinencias o denuestos el legítimo temor de un ciudadano que demuestra siempre inteligencia fina -o más bien, una combinación a punto entre IQ y EQ, o sea entre coeficiente intelectual y emocional-, fuerza de carácter, voluntad de hierro, valentía para superar obstáculos visibles e invisibles, y que a pesar de estos favores de naturaleza y crianza, y de sus logros, tuvo que oír la mediocridad de un dignatario público que funge hoy de ministro de Deportes y que osó mandarlo a callar cuando el tres veces campeón del mundo discrepó de la posición gubernamental sobre políticas deportivas.

Hoy, condecoraciones para él aquí y allá, y silencio en el ámbito gubernamental. Silencio que es hostilidad. Porque en el actual Ejecutivo y en muchas personas que lo siguen se hace cada vez más patente la hostilidad frente a quienes discrepan de sus criterios o posiciones.

No se equivocó Jefferson. Expresó el miedo de alguien que se queda con el mal sabor de una pésima respuesta y la tonta actitud de un hombre que, en algún otro momento de este mismo Gobierno, se declaró con más poder que el mismo presidente de la República. Y ahí sigue campante. El temor de Jefferson conlleva, además, una carga de frustración personal y gremial, porque no hay apoyo estatal para el deporte. La delegación más numerosa de la historia ecuatoriana fue a las Olimpiadas de Beijing. Sí, 25 personas de una nacionalidad, la ecuatoriana, que si no hubiera sido, otra vez, por el marchista, nuevamente habría sido ignorada en el palmarés planetario. Obtener campeonatos olímpicos y del mundo cuesta. El campeón lo sabe. Y por lo mismo está obligado a tener el auspicio de un banco y ponerse bajo su estandarte. No es que esto sea vergonzoso sino que pone en evidencia la nula política estatal en cuanto a deportes. Pero lo mandaron a callar. Y tontamente perdieron a un invalorable aliado: obra de los bocones amenazantes que ahora también pululan en las esferas del poder. Él los desafía a la marcha en las calles: inteligencia fina.

alexayalama@hoy.com.ec

Hora GMT: 06/Septiembre/2008 - 05:07

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