Tiene esta columna un título provocador pero, principalmente, honesto y sincero. Pues de eso se trata. De abordar el tema del aborto sin hipocresía y sin moralismo: con realismo. Porque, como ya se dijo antes aquí, el aborto es una realidad, no especulación ni recurso de criminales, como lo quieren presentar las marchas de las barbies de procesión, arzobispo y calendario.
El aborto a espaldas de la moral al uso, de la Ley y de la higiene existirá mientras no se haga con su práctica lo mismo que debería hacerse con el uso de drogas prohibidas: legalizar esas prácticas para poder controlarlas con la norma, desde la salud pública y la ética natural, salvaguardando la salud de madres y adictos. No desde la moral impuesta por el prejuicio y la santurronería. Pero el tema se ha tratado con oscurantismo a partir de la falacia y del escándalo. Presentando videos de abortos a los cinco o seis meses de embarazo, que solo se realizan cuando el peligro de muerte para la madre y la criatura es inminente por cualquier causa, como si ese espectáculo macabro fuera moneda corriente.
Eso es amarillismo burdo, sensacionalismo barato. Nadie es partidario del aborto, y menos la mujer embarazada. ¿O será que a sus críticos les gusta que los operen? A nadie le gusta. Pero, a veces, es necesario. O imprescindible. Y eso depende, en primer lugar, de si el embarazo entraña riesgo para la salud de la madre o para la vida digna de la criatura. Pues, aunque lo nieguen los moralistas a ultranza, la vida de la madre es más valiosa que la del feto. Ella vive ya en el mundo y quizá tenga obligaciones maternales. Y aunque no las tenga, la decisión de tener o no tener un hijo es de ella. Si está embarazada por voluntad propia, es obvio que ese es su deseo. Pero si la causa es una violación recordemos al padre violador en Austria, la decisión de abortar es privativa de la madre.
Nadie ha dicho que el aborto sea un recurso anticonceptivo. Eso es falaz.
El problema es que el recurso anticonceptivo natural, también está proscrito o manipulado por el moralismo fanático: se llama educación. No catequesis sino educación de verdad. Educación que permita, sobre todo a los adolescentes, conocer sobre el sexo, sus responsabilidades y sus consecuencias. Pero también sobre sus posibilidades. Y una de ellas es el derecho al placer, innato y natural en los seres humanos. Si el fin del sexo fuera meramente reproductivo, el ser humano tendría épocas de celo. O las féminas no tendrían períodos infértiles. Creer que el fin del sexo es la reproducción con olvido o exclusión del placer, es hipócrita, es antinatural y es moralmente perverso. Y si alguien opta por la castidad, allá él o ella.
Coletilla: Es tiempo ya de pensar en el sexo como un derecho humano natural, no sujeto a preceptos religiosos ni moralistas sino a la ética natural y a la responsabilidad individual. Con apoyo de la educación y la ciencia. Es decir, de los anticonceptivos, no de una castidad absurda y forzada.
Ciudad Quito





