Segundo E. Moreno Yánez
smoreno@hoy.com.ec
Las constituciones polÃticas de muchas naciones definen al Estado como soberano y unitario aunque, formalmente, admiten que se reconoce la diversidad de pueblos, etnias, culturas y nacionalidades, por lo que el estado es multicultural, pluriétnico y con gobierno descentralizado. El origen de un Estado-nación con las caracterÃsticas señaladas es, relativamente, reciente. Mientras el emperador habsburgo José II (1780-1790), con un proceso de "germanización" intentó, sin éxito, dar unidad nacional administrativa y cultural a sus heterogéneos dominios, Francia gozaba de homogeneidad nacional casi completa y los grandes caudillos de la Revolución lograron lo que José II no pudo conseguir: una Nación-Estado. A este respecto, el historiador Arnold Toynbee escribe (Los Griegos: herencias y raÃces. México, 1995): los revolucionarios "transformaron la monarquÃa francesa en república nacional francesa, "una e indivisible". Este triunfo modificó súbitamente el concepto ideal de la estructura de un estado", por lo que "la creación de un estado nacional homogéneo que abarcase a toda una nación, se convirtió en la meta de todos los pueblos occidentales, asà como de todos los ciudadanos de pueblos no occidentales". Ya que la heterogeneidad nacional del Imperio de los Habsburgo excluÃa la posibilidad de que se convirtiese en un Estado homogéneo como el de la Francia revolucionaria, a corto o largo plazo, estaba condenado a la fragmentación, por lo que muchos habitantes del Imperio Austro-Húngaro, geográficamente entremezclados, sufrieron expulsiones, matanzas y todo tipo de discriminación. El recuerdo de los atroces genocidios en los Balcanes todavÃa es reciente.
Es admirable cómo los "Solones" de las constituciones polÃticas ignoran la historia de nuestros pueblos, por lo que sus obras constitucionales no son sino copias de las leyes de otros contextos nacionales. Confunden realidad y fantasÃa al considerar "a priori" y cual dogma de fe la eternidad y sacralidad de los Estados-Nación, soberanos y unitarios, con el argumento de que se debe fortalecer la unidad nacional en la diversidad. Este dogma polÃtico trae como consecuencias la conformación de modelos totalitarios en lo económico y de proyectos autoritarios en lo polÃtico, pues los derechos artificiales de la Nación-Estado se imponen a los derechos naturales del ser humano. Gracias a la centralización: "madre de los poderes", el fetichismo institucionalista del Estado excluye todo diálogo e impone la punición y castigo a toda transgresión, pues todas las instituciones de gobierno están secuestradas. Los futuros "padres y madres de la patria", cuando incuban la enésima ley fundamental de este paÃs ecuatorial, ¿tendrán en cuenta la idiosincrasia histórica del pueblo ecuatoriano, que con altos valores anárquicos ha luchado contra todo autoritarismo y culto a la personalidad?
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Autor: Segundo Moreno - smoreno@hoy.com.ec Ciudad Quito







