Libros
Jorge Dávila Vázquez
Escritor
2012 fue un buen año para la poesía escrita por mujeres. En esta serie de artículos hablaré sobre algunas de ellas, sin llamarlas jamás poetisas, término que me suena mal, porque rima con hortalizas.
La esencia lírica es universal, por tanto, poeta designa perfectamente a quien escriba poesía.
Empezamos este breve recuento con Ruth Patricia Rodríguez (1966). Ella nació y creció en un ambiente de letras, poesía, narraciones, gentes que iban y venían por el camino de la literatura.
Su padre, Jaime Rodríguez Palacios, fue uno de los mayores poetas lojanos de su generación. Hombre culto y sensible, cultivó la flor de la infancia de su hija con tanto amor y afán, que ella se convirtió pronto en una escritora precoz.
Después, la vida y la muerte han dado tantas vueltas, que la niñita que fantaseaba bajo el árbol del amor paterno, hubo de enfrentarse a una vida dura, cruelmente salpicada de muchas y dolorosas pérdidas.
Su libro, El mar en mí (Ángel Editores, Quito, 2012), pese a su peligroso intelectualismo, enunciado desde el prólogo, pensado y desarrollado por la propia autora, como una especie de profesión de fe en la poesía y sus abismales honduras, y un auto de fe que quemaría todo lo superfluo, todo lo emocional, trae un conjunto de poemas, que más allá de su aparente distancia del sentimiento y el recuerdo, y a sus malabares neosurrealistas, contiene una secreta confesión, dolorosa, desgarrada, siempre a punto de aflorar; porque la metáfora del mar no es suficiente para ahogar memorias y lavar todas las heridas de la existencia.
Por ello, en una suerte de derrota frente a lo insoslayable de la realidad, victoriosa, emergente más allá de las valerosas máscaras del pensamiento, la autora habrá de decir "porque en tu espuma se enciende mi ceniza".
La lírica es impredecible y, en el momento en que menos se piensa, logra filtrar sus sollozos de subjetividad, incluso en medio de la mayor elaboración del pensamiento.







