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Motepillo

Publicado el 09/Octubre/2008 | 00:03

Por Claudio Malo González

"Guayaquil, ciudad hermosa/ de la América, guirnalda/ de tierra verde, esmeralda/ y del mar, piedra preciosa/ cuya costa poderosa/ abriga tesoro tanto/ que con suavísimo encanto/ entre nácares divisa/ congelado en gracia y risa/ lo que el alba vierte en llanto.

Ciudad que por su esplendor/ entre las que dora Febo/ la mejor del mundo nuevo/ y del mundo la mejor/ abunda en todo primero/ en toda riqueza abunda/ pues es mucho más fecunda/ en ingenios, de manera/ que, siendo en todo primera,/ es en esto sin segunda", escribió Juan Bautista Aguirre, guayasense, en la segunda mitad del siglo XVIII.

Oímos Guayaquil y aflora a nuestra mente la ciudad dinámica, capital económica del país, poderosa en lo bancario, llena de iniciativas para resolver problemas y, en su condición de puerto, la gran puerta paracomunicarse con el mundo.

Nadie niega estas cualidades, pero como entre quien escribe estas líneas y un banquero existe tanta diferencia como entre Jennifer López y el Chucho Benítez, prefiero homenajear a esta ciudad en su día clásico refiriéndome a tres de sus poetas.

Bolívar se ha consagrado como la figura más destacada en la independencia de las que fueron colonias españolas, batallador incansable y hombre visionario­no entendido en su tiempo sobre el destino de los nuevos países.

El gran cantor de América de sus hazañas fue el guayaquileño José Joaquín de Olmedo.

No fue solo poeta de altos quilates. Jugó un papel trascendental, de elevado patriotismo, en el proceso de independencia y organización política de su ciudad y luego de su país. Lástima que no fue elegido presidente en la Convención de 1845.

Píndaro, que sepamos, no ganó una sola competencia en las olimpiadas de la Grecia Clásica, pero fue el gran cantor de los vencedores. Con las debidas distancias, Olmedo no ganó una sola batalla, pero fue el gran cantor de la gesta de la independencia.

"Hoy cumpliré veinte años/ desventura sin nombre/ de dejar de ser niño/ y empezar a ser hombre/... Me son duros mis años/ y apenas si son veinte/ ahora se envejece/ tan prematuramente/ se vive tan de prisa/ pronto se va tan lejos/ que repentinamente/ nos encontramos viejos/ en frente de la sombra/ de espaldas a la aurora/ y solos con la esfinge/ siempre interrogadora".

Son versos del guayaquileño Medardo Ángel Silva, la más descollante figura de la generación decapitada. Su sensibilidad poética y su sentido trágico de la vida nos ponen carne de gallina. Fue lógico con sus principios, pues se quitó la vida en temprana juventud.

¡Salud Guayaquil, intelectual y poético!

cidap1@hoy.com.ec

Hora GMT: 09/Octubre/2008 - 05:03

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