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Motepillo

Publicado el 12/Junio/2008 | 00:00

Qué lindo suenan los principios políticos, su aplicación transforma la miseria en felicidad. La democracia está cargada de excelentes expectativas: el poder reside en el pueblo, el pueblo encarga el poder por un limitado período de tiempo a los gobernantes. Si le satisfacen les prorroga, si no, los cambia. Las leyes garantizan el funcionamiento y el encomendado no puede hacer lo que le dé la regalada gana.

En el mundo en que vivimos con predominio de gobiernos democráticos, encontramos que en unos países funciona bien este sistema y en otros deja mucho que desear. La democracia la ponemos en práctica seres humanos y su buen funcionamiento depende de su madurez y sentido de civismo, que antepone los intereses de la colectividad a los personales.

Un requisito fundamental para el funcionamiento de la democracia es aceptar la derrota. Si el pueblo encomienda el poder a alguien, lo hace luego de analizar sus posiciones y planteamientos, con lo que siempre habrá ganadores o perdedores.

Si en una democracia no se aceptan las derrotas, se pone en riesgo el pronunciamiento ciudadano y el respeto a las diferencias. La semana pasada, los Estados Unidos nos dieron un muy claro ejemplo de esta madurez. Luego de una larga, intensa y tensa campaña para la nominación del candidato por el Partido Demócrata, por reducido margen triunfó Barack Obama sobre la ex primera dama Hillary Clinton. Lo primero que hizo la candidata fue reconocer el triunfo de su opositor y manifestar su decisión de trabajar por su candidatura.

Más allá de las personas, por primera vez en la historia se decidía si la candidatura iba a una mujer o un afroamericano. Por lo mencionado no se mantienen rencores ni resentimientos. La actitud de la candidata derrotada demuestra que antes que las aspiraciones personales están las del partido.

Una derrota electoral no es una humillación, se trata de un pronunciamiento colectivo ante las condiciones de la persona, sus planteamientos y las expectativas que genera.

No es raro que en algunas democracias el derrotado se considere enemigo del triunfador y se convierta en su primer opositor. En estos casos, por magníficos que sean los principios, las reacciones viscerales los echan por tierra.

El civismo, virtud fundamental en la democracia, radica, en caso de conflicto, en preferir los intereses comunales sobre los personales, lo que supone renuncias a aspiraciones individuales por legítimas que sean.

La democracia es una teoría que se puede aceptar, para que sea exitosa es necesario practicarla con responsabilidad.

Hora GMT: 12/Junio/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Claudio Malo González

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