Por Marco Lara Guzmán
mvlaraguzman@hoy.com.ec
Por eso de la coherencia, que es una especie de columna vertebral sostenedora de todo, debo repetir lo que he dicho siempre. Un Régimen tiene perfecto derecho a llevar adelante y a aplicar sus puntos de vista, sus ideas y sus planteamientos, en suma, su plan y su proyecto de Gobierno. Para eso, básicamente, fue elegido. La mayoría que escoge un Gobierno no ha seleccionado solamente a tal o cual personaje, sino, sobre todo, sus ponencias y se ha colocado como base y apoyo de tales propuestas.
Sin embargo, en realidad, no es mera base ni, peor, escabel del vencedor, sino, si queremos decirlo fácilmente, esa mayoría es el jefe del elegido. Jurídica y lógicamente hablando, es el mandante del mandatario, que no es más que un ejecutor de la voluntad de quienes le eligieron. Por esa relación honda, y hasta íntima, se produce la ecuación democrática, que establece la igualdad entre pueblo y Gobierno.
Sigamos con lo abstracto. El mandatario debe ser fiel cumplidor del encargo que le ha entregado el mandante. No puede salirse de la orden recibida, tampoco equivocarse en el entendimiento de ella ni, mucho menos, desobedecer la disposición popular. Legalmente, cuando algo o todo de eso ocurre, se puede revocar el mandato por error de buena o mala fe del mandatario, por sus equivocaciones, por lenidad en el cumplimiento de sus obligaciones, por desbocarse en las ejecuciones y alcances de su cometido, en fin, por no interpretar adecuadamente el encargo recibido.
Esta norma, con iguales fundamentos que en lo privado, se cumple también en lo público. La revocatoria en el campo del derecho público es tan obvia, tan fundamentada y tan racional que hasta consta en ese dechado de virtudes y cofre de maravillas que es la Constitución que nos rige, misma que señala que es posibilidad y derecho de los mandantes quitar la confianza a su mandatario y sacarlo de su sillón, según el artículo 105, lo que no comporta ninguna ruptura constitucional ni democrática al decir de los asambleístas de Montecristi, inigualables poetastros y poetastras, magos y funambulistas, cuya sabiduría nadie discute.
Vale la pena ver lo sucedido en el reciente caso ecuatoriano. Ni los candidatos presidenciales han hablado clara y minuciosamente sobre sus planes y programas, ni los votantes han sufragado sobre la indispensable base de ese conocimiento. No se ha producido, en rigor, la legitimidad democrática que debe existir entre mandantes y mandatario. La verdad es que nunca supimos, más allá de generalidades, lo que los finalistas Noboa y Correa harían para caso de triunfo y tampoco después Gutiérrez y el mismo Correa.
Por ello, amanecemos con sorpresas. Eso nos tiene a mal andar y es causa de que el economista Correa pierda popularidad y credibilidad y de que, dentro y fuera del país, eche la culpa de ello a perversidades ajenas que, dice, generan rumores. ¿No sería, ahora mismo, por tanto, momento oportunísimo para todos que el Gobierno diga de manera concretísima y pormenorizada qué es lo que tiene en mente para el tiempo que le queda?
Hora GMT: 30/Octubre/2009 - 05:09

30/Octubre/2009 a las 07:55
Tiempo que, en buena hora, ya no es mucho. Así como quien no dice nada, ha transcurrido ya el 6% del tiempo para el cual fué reelegido el doctor economista Correa. Quedan 1380 de 1461 dias solamente, vamos Ecuador, hay que tener fe en que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.
30/Octubre/2009 a las 09:16
Llevarse el país en peso, es lo que tienen planeado. Y que al final hasta les demos gracias.
30/Octubre/2009 a las 16:03
La falacia de la democracia representativa es que "pueblo=gobierno" o que "hay que ganar las elecciones para opinar" y ha sido la falacia esgrimida por diferentes gobiernos entre los cuales se puede incluir el de Febres-Cordero. Pero algunos no creenos que la democracia representativa sea suficiente sino que se debe ir más alla, a la democracia participativa que significa una total descentralización del estado y por tanto del gobierno y la toma de decisiones autonómas en lo posible a nivel local y barrial. Nada más lejos del escenario actual