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Misterio triste

Publicado el 11/Enero/2009 | 00:09

Por Jaime Acosta Espinosa


Cuando parece que los odios, los prejuicios y las abominaciones se encuentran adormecidos y los antiguos conflictos ya descansan en paz, la lógica perversa de la guerra se despierta e impone sus electrizantes cabezonadas. Desde los más sensibles hasta los más frívolos de los humanos se ven otra vez sofocados por "la masiva violencia que estalló en la Franja de Gaza en respuesta a otra violencia", como se lamentaba Benedicto XVI, y todo esto precisamente en las tierras y en los días en que muchos celebran la primera "noche de paz". Los tiempos se han removido. Las masacres se han actualizado. El cruel pasado ha revivido, dejando montañas de escombros que nunca podrán ser abatidas con otras montañas de lo mismo. Nos preguntamos, con mucha nostalgia, por qué el avance de las humanidades, en el sentido más amplio de la palabra, no nos aporta todavía alguna protección contra lo inhumano.

¿Por qué solo los mayores bienes nos atañen y nos sentimos inmunes ante los grandes males? A veces pasamos al lado de los acontecimientos mortíferos y escuchamos sus grandes lamentos como si fueran demasiado extraños, lejanos e inoportunos. La lectura del periódico y la obligada cita con las noticias de la televisión o de la Internet, convertidas diariamente en una estadística de catástrofes y de muertos, nos asustan, aunque sea brevemente, pero pronto los olvidamos y sutilmente los esquivamos, porque los miramos en abstracto y no sabemos enfrentarlos en su desnuda y patética realidad. El escalofrío que debería provenir de su mortal evidencia nos resbala sin penetrarnos. Nada exterior nos perturba y una secreta alucinación interior hace que, tal vez, nos sintamos inmortales. La guerra es solo para los demás.

Todas nuestras menudas preocupaciones, nuestros deseos momentáneos, nuestras pasiones, incluso las más honestas, se ocupan solo de lo propio y vuelven opacos ante nuestros ojos esas barbaries abominables, ejecutadas por corazones empedernidos y sanguinarios que no son capaces de mirar más allá de sus intereses o sus fanatismos. Una violencia, cotejada con otra violencia, no puede crear ningún tipo de convivencia, así como tampoco una locura, de la mano de otra locura, puede crear razonabilidad.

El universo humano es un misterio triste del cual nos cuesta resignarnos a ignorar el por qué, el cómo y el hasta cuándo. No obstante, a pesar de sus fríos horrores, algo tienen a su favor esas matanzas impactantes y sobrecogedoras. Nos llevan a reconocer la miseria que nos rodea, porque reconociéndola identificamos nuestras peores flaquezas y errores, para tratar de enmendarlos. Nos muestran ante la mirada despavorida la desproporción entre lo que somos y lo que debemos hacer. Nos remueven interiormente por la vergüenza de no saber protestar, compartir, comprender y actuar más humanamente.

jjacosta@hoy.com.ec

Hora GMT: 11/Enero/2009 - 05:09

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