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Michael y el poder

Publicado el 02/Julio/2009 | 00:04

Por Juan Jacobo Velasco


velascoj@hoy.com.ec

Lo opaco y lo luminoso son dos extremos íntimamente ligados. Uno define al otro.

Entremedio, abundan los matices, aproximaciones que los conectan. Es curioso que para la vida y obra de Michael Jackson (MJ), los análisis están pegados en los extremos, como si, nada más paradojal en su caso, las cosas fueran blanco o negro. En realidad están conectadas con su origen.

La carrera de estrella pop desde la niñez le significó crecer artísticamente gracias a su voz privilegiada y a su entrega total al "show business". Esa entrega lo llevó a perder su niñez, víctima de la sobreexigencia y de la macabra versión de explotación infantil vivida en su hogar. La suya fue una búsqueda permanente por construir una infancia ideal y quedar anclado en el Peter Pan que soñaba ser. Pero, entre el deseo y la realidad, generalmente se abren unos abismos que desembocan en materializaciones bizarras. A más fama y poder, más capacidad de concresión de unos sueños delirantes (la fineza de rasgos, la blancura de piel, la construcción de un mundo e identidad exclusivos), nunca mejor -o peor- reflejados que en la careta en que se convirtió su rostro, en la preferencia por la compañía de menores y en su rocambolesca Neverland.

Lo que presenciaron mundialmente tres generaciones fue un cuento de horror que habla del poder que se puede alcanzar en un mundo global y mediático y las patologías que pueden desarrollarse, gracias a ese poder, hasta límites increíbles. La de MJ es un ejemplo de que, sin la contención de un hogar y sin la construcción de un camino personal que vaya más allá de la autoreferencia, la grandeza artística -política, financiera o social- si bien construida a base de mucho esfuerzo y búsqueda de calidad, generalmente viene acompañada de la pequeñez humana y sus lastres, desembocando en una visión tergiversada de la realidad.

Ese es el problema cuando se tiene tanto poder y no se está preparado para asumirlo: el ego puede llegar a límites insospechados. MJ fue un ícono pop durante cuatro décadas, en todos los países y culturas posibles. Logró concesiones impensables, ni siquiera en el medio político, llegando a ingresar a países como la China y Rusia cuando el acceso era mínimo, o a las favelas brasileras en las que no existe Dios ni ley. Tanta idolatría, dinero y poder convivieron con un tren de gasto que le llevó a acumular una deuda neta de 500 millones de dólares y el convencimiento de su inexpugnabilidad judicial frente a una patología evidente y criminal. Llega un punto de quiebre en el que los demonios personales sobrepasan al ángel que lo condujo a gozar del poder de la fama. Toda la aldea global se encargó de ensalzar sus dones y a ubicarlo en su sitial. Pero también fue testigo voyerista de su decandencia. MJ murió a la víspera de recobrar un poco del esplendor artístico, víctima de unos sueños que, en realidad, eran pesadillas.

Hora GMT: 02/Julio/2009 - 05:04

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