|    Pico y placa Quito:  5-6    |  

Publicado el 10/Julio/2005 | 00:00

Conocida en demasía, aunque no siempre meditada, es la frase con la cual Juan Montalvo sancionó el asesinato de García Moreno: “Mi pluma lo mató”. ¡Hasta dónde puede llegar el poder de la pluma y de su mejor producto: la palabra!
¿De dónde tendrá ese poder? La palabra en nosotros, auténtica y actuante, proviene de un centro primero y más hondo, cuya influencia le anima, le transporta y cuyos mayores favores se llaman virtudes y gracia. Ese poder significa, ante todo, que el espíritu humano no está hecho para las cosas que aparecen a primera vista, sino para pensar, escuchar, comunicar, compartir y rezar.
La palabra tiene la capacidad de empujar, de guiar, de crear. Ese dinamismo se multiplica cuando se hace palabra escrita, pues aumenta su difusión y su duración. Como chispas provocadas por la rosa de los vientos, apunta con distintos efectos y en todas las direcciones. Nunca más sublime la palabra como cuando trata de expresar todas las voces de los seres, sobre todo las voces del alma, y cuando proyecta en los demás, en colores y formas, en ideas y sugestiones, las luces del cielo.
Nada más potente que la palabra para el levantamiento de la patria, o también para su ruina. Semejante a la espada de doble filo, ella penetra hasta las junturas más remotas del ser, según dice la Escritura. Ella transita como una energía imposible de evaluar y como un agente de servicio a precio inestimable. Podríamos, entonces, regocijarnos de todo esto hasta el extremo, si en cada una de esas prerrogativas no se escondiera también una trampa. De la belleza, de la verdad, de la rectitud moral y del misticismo, ella extrae su sentido, pero al mismo tiempo puede perderlo todo, cuando la pluma sirve para rebajar, mentir, ocultar y engañar.
La palabra es misteriosa, como nuestra alma y como nuestra vida. Según la lección que nos traen los hechos, unas veces es la pequeña gota de agua que, a fuerza de martilleo, termina por partir las rocas. Otras veces es la bala mortífera que de un golpe deriva las murallas. Es calidad y es ironía. Es poema y es insulto. Es látigo y también un beso. Es oración y puede ser blasfemia. Signo de esperanza, pero también de temblor y de pánico. Abre caminos a la claridad y al solaz, pero también enciende rayos y truenos.
Palabra con mucho oro y mucha pimienta, por ejemplo, la de Francisco Febres Cordero "El Pájaro", que se luce en esos repetidos artículos y que ahora se encuentra en el banquillo de los acusados, por obra del menos autorizado, entre todos los ecuatorianos, para refugiarse en la justicia. La reacción provocada por las joyas del humor y de la protesta que salen de su corazón, más que de sus manos, demuestra que su pluma taladró muy adentro, levantó polvaredas, sacudió indiferencias y condenó las fechorías del acusador con más eficacia que los jueces, por lo general, tan movedizos y escabrosos.
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Ciudad QUITO

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