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Publicado el 08/Junio/2011 | 00:26

Desde la Tribuna

Por: Juan Jacobo Velasco
Especial para HOY

La semana pasada, uno de los basquetbolistas más desequilibrantes de las últimas dos décadas, el pívot Shaquille O"Neal, le dijo adiós a la actividad tras 19 temporadas, cuatro títulos de la NBA -tres con los Lakers de Los Ángeles y uno con los Heat de Miami-, un MVP y un campeonato olímpico.

Amén de las estadísticas que lo avalan como el pívot con los mayores promedios en puntaje y porcentaje de aciertos en los noventas y dos mil, se recordará a Shaq por su desenfado y el atractivo de la frescura que le reportó a la NBA. Verlo jugar impresionaba. Era una fuerza de la naturaleza -con sus más de 300 libras y 2,16 metros- con la agilidad de un hip-hopero y la emocionalidad del eterno adolescente que es. La combinación era imparable, en sus facetas de jugador e imán mediático.

Su problema fue que, al saberse incontenible, no se esforzó al máximo que sus atributos le permitían. Como decían, una dieta equilibrada significaba para él dos hamburguesas en cada mano. Shaq hizo lo que quiso y fue feliz. Hasta que las lesiones le pidieron parar y, en un arrebato de madurez, avisó que se retiraba.

Pero no es de Shaq que quiero hablar en detalle, sino de un ente todavía más poderoso y enorme que él, que fue también noticia, justamente por las consecuencias a las que puede llevar un poder sin límites, que no se desgasta sino que se autoprotege, y que incluso puede imponerse a la voluntad de los estados nacionales. Eso es lo que hace en la actualidad la FIFA.

Más allá de que la última elección puso en evidencia un problema voceado desde hace tiempo, sobre la calidad ética de los procesos internos, la falencia de la institución rectora del fútbol mundial es mucho más estructural y profunda. Luego de la elección de las sedes para las Copas del Mundo de 2018 y 2022, que mostró la poca validez de los órganos de control y guía -las elecciones fueron ganadas por las candidaturas menos avaladas técnicamente por la comisión técnica que calificaba a los postulantes-, las acusaciones de corrupción no solo afloraron contra la FIFA en su conjunto, sino que se vieron sazonadas por un historial amplísimo de denuncias con nombres, apellidos y cifras, que coincidían con muchas de las cabezas de las federaciones nacionales.

Lo curioso es que los jerarcas de la FIFA tienen algo muy particular en común: tienden a perpetuarse a la cabeza de sus federaciones. Lo del suizo Joseph Blatter y su cuarta reelección es casi anecdótico si se compara con sus predecesores -como el omnipresente Joao Havelange- y sempiternos presidentes federativos como Nicolás Leoz y Julio Grondona. Sorprende que, en sociedades democráticas y cada vez más sensibles a la rendición de cuentas por parte de las autoridades públicas, los dirigentes futbolísticos se conviertan, en los hechos, en una suerte de preclaros elegidos para llevar las riendas del deporte a perpetuidad.

En las recientes elecciones a la presidencia de la FIFA, los postulantes no brillaban por sus propuestas sino por las denuncias en su contra. Es sintomático de que, a pesar del manto de sospecha, el Comité de Ética de la FIFA decidió suspender provisionalmente al contendiente de Blatter, el responsable de la Confederación de Fútbol de Asia, Mohammed bin Hammam, pero resolvió no investigar las acusaciones de no haber hecho nada ante supuestos casos de corrupción surgidas contra Blatter. Este ni siquiera consideró la propuesta de Inglaterra de suspender la elección para dar paso a una investigación profunda por parte de un ente independiente y probo. El resultado fue la reelección de Blatter, las caras felices de Leoz y Grondona y la firme convicción de que el poder de la FIFA está por encima del bien y del mal. Y, por supuesto, del retiro.
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