Rodrigo Villacís Molina
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Si hay un personaje de nuestra historia sobre el que se haya escrito abundante y contradictoriamente, ese es Manuela Sáenz, la quiteña que pasó de los brazos de un frío inglés a los ardientes de Simón Bolívar. Son muchas sus biografías, con variantes de diferente cariz, y hasta hubo un sujeto que publicó una novelucha protagonizada por ella como una mujerzuela cualquiera. Otros estudiosos, en cambio, la han glorificado a la par del Libertador y hasta reconocen en ella altos méritos literarios, como es el caso de Hernán Rodríguez Castelo en la biografía de ella que acaba de publicar la Casa de la Cultura en la Colección Bicentenario.
Rodríguez Castelo sigue la trayectoria vital de Manuela basándose, como no podía ser de otra manera, en los textos de Rumazo González, Von Hagen, Cacua Prada, etc., y en los documentos que se conservan, incluida la correspondencia de ella. Aquí aborda el problema de la autenticidad de esos papeles, avalando unos y negándola a otros, como viene ocurriendo con todos los que los han analizado. Y toca el caso de la colección de Carlos Álvarez, poniendo en duda su legitimidad. Cuando, para su edición, me tocó revisar esos escritos, encontré que algunas palabras habían sido mecanográficamente mal transcritas, oscureciendo los contenidos. Y era interesante comprobar cómo, cuando se hallaba la palabra precisa, todo el párrafo se iluminaba.
Reflexioné entonces sobre la posibilidad, ya puesta sobre el tapete por los historiadores, de que esos textos, los diarios de Quito, Paita y Bucaramanga, más algunas cartas de Manuela fueran falsos. Y me pregunté si alguien habría sido capaz de conocer tanto Manuela, de imitar tan bien su estilo y de darse el trabajo de escribir esas páginas, que no son pocas, falsificando la letra de ella y su estilo para engañar ¿a quién?, ¿con qué propósito?, ¿para distorsionar la historia?, ¿para negociarlas? Si hay formas dolosas más fáciles de hace dinero. En todo caso, si hubo ese alguien, debe de haber sido un tipo de gran talento, que, en esa circunstancia, le habría ido mejor haciendo algo diferente. Otro escenario podría ser que esos papeles fueran una copia manuscrita de los originales y serían, por lo tanto, igualmente valiosos.
Pero había dicho que, en este libro de Rodríguez Castelo, el académico da una buena nota a Manuela en materia de escritura, refiriéndose por supuesto a todos los textos de ella que han sido dados por válidos. Le atribuye, entre otros méritos: poder de condensación, risueños, sabrosos y castizos rasgos coloquiales, una sintaxis sincopada y a veces violenta, con intensificadores retóricos y seguro instinto de narrador; un humor inteligente, intencionado, que se decanta en ironía; pasión, garra, uso de palabras que pintan situaciones con especial fuerza. En resumen, la figura de Manuela no deja de agigantarse.






