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Mamíferos carnívoros

Publicado el 06/Marzo/2010 | 00:08

Por Margarita Laso
mlaso@hoy.com.ec

No parece ser cierto que la tragedia pueda dar un nuevo corazón a los ojos humanos. Tal vez, eso sí, por breves pero certeros momentos, les permitirá ver de un modo iluminado el tamaño de las cosas y los dramas, nuestra condición de almas pasajeras y el entorno indómito del que somos presa y parte. La destrucción de Haití, unos parámetros a la idea de pobreza; la catástrofe de Chile, otros. Este reino, que pretendemos gobernar, de un suspiro, nos deja ver su poder.

Es 24 de febrero. La entrenadora de ballenas juega con Tilikum, la orca macho de seis toneladas que divierte al público en el acuario de Orlando. Ella agita su cabeza y es imitada por la ballena. Pero alguna placa cerebral se altera, y Tilikum la ataca: la toma por la cintura, la zarandea, la sumerge hasta ahogarla, la retiene al fondo de esta ínfima piscina para orcas. En un controversial espacio, están expuestos ciertos misterios del mundo, el ataque a la entrenadora de 40 años fue presenciado por quienes antes se maravillaron con el espectáculo de estos mamíferos gigantes que conducen a sus domadoras en la punta del hocico hacia el cielo de una formación estética que alarma. ¿En qué dimensión se encuentran la bestia doméstica y la bestia marina? ¿Puede un sismólogo veterinario saber que las placas emocionales psíquicas chocarán?

De las múltiples y desgarradas imágenes de estos días, las que presentan animales contienen una estremecida rareza. Ante ellos, afloran atracción miedo compasión porque también nos habitan los mismos monstruos: hambre instinto belleza necesidad de un territorio. Ellos sufren nuestra cercanía, sufren también el reino de este mundo. Les toca una parte de azar y otra de dolor, algunos nacen esclavos, otros son libres de perecer ante la ley del más fuerte, otros, en su primer día, son alimento de algún desesperado. Millones mueren a diario para convertirse en raciones de comida. Los animales están en el mundo con distintas suertes, con fragilidad y energía, con ternura y violencia.

Es 27 de febrero. A Iloca, la playa turística, ha llegado la ola gigante. Levantó las arenas en un lodazal agitado y extendió su fiereza sobre el pueblo. En medio del desastre y la soledad de los que huyeron hacia los cerros, quedan los restos de barcos sobre los techos, los postes de luz vencidos, la rueda moscovita con sus asientos pendulantes aún suspendidos en el tiempo del maremoto. Y aquí está la jaula de los leones después de haber rodado mientras las olas arrastraban este cubo, como un dado. Ellos han tragado agua salada pero se han salvado del mar.

Es 4 de marzo. Vemos el espectáculo que junto a la Policía se ha organizado el Fiscal para su regreso. Tal vez, van a discutir cuál de las dos instituciones pintará el corazón azul de la Metrovía. Un agresivo macho alfa que amenaza con los ojos entreabiertos es el centro de la fiesta. No parece ser cierto que la tragedia pueda dar un nuevo corazón a los ojos humanos. Afuera, también son carnívoros los cetáceos del dolor que devoran a la madre de Natalia.

Hora GMT: 06/Marzo/2010 - 05:08

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