Desde América Latina se mira a África tan lejana y extraña, como desde África se mira difusos a los países latinoamericanos



José Valencia

jvalencia@hoy.com.ec



Varios observadores han visto en la Primavera Árabe, engendrada en el Magreb, como el modelo que podrían seguir otras sociedades africanas para reclamar más democracia y para demoler viejas autocracias y camarillas oligárquicas. Todo apunta a que la expectativa es ingenua y precipitada.

Las realidades son distintas en países aparentemente cercanos; los procesos políticos son irrepetibles aún cuando la única separación entre un Estado y otro sea un palmo de desierto.

Malí limita al norte con el Magreb, pero sobre todo limita a los cuatro costados con su propia historia, su estructura social y los poderes que ahí funcionan. En Malí no hay multitudes que se tomen plazas; ni minorías de modernizadores laicos o creyentes que postulen crear una sociedad abierta; ni masivos partidos conservadores de inspiración religiosa que hayan sido suprimidos en el pasado y ahora aspiren al gobierno.

El 22 de marzo, un grupo de militares de rangos bajos dio un golpe de Estado y derrocó al presidente Amadou Toumani Touré.

En una tendencia cada vez más acentuada en África, el Continente condenó unánimemente el alzamiento armado. Los países de la ECOWAS, grupo subregional del África Occidental, impusieron sanciones a los golpistas y han creado una instancia de mediación para buscar una salida negociada, a tono con un idéntico pronunciamiento de la Unión Africana.

Años atrás, la de Malí hubiera sido una asonada más; hubiera pasado casi desapercibida en el Continente.

La mayoría de los países africanos han llegado a apreciar que un régimen democrático formal, con todas sus limitaciones y carencias, tiene evidentes ventajas para la convivencia nacional, la solución de conflictos por medios no violentos y la seguridad de la región en última instancia. Se ha constatado en África que las crisis internas con frecuencia desbordan las fronteras y devienen en crónicas tragedias humanitarias.

Pocos ecuatorianos hemos escuchado hablar antes de Malí. Desde América Latina se mira a África, en general, tan lejana y extraña; como desde África se mira difusos y apartados a los países latinoamericanos. Malí tiene una extensión territorial 6 veces más grande que la del Ecuador y carece de salida al mar. Suma un número casi igual de habitantes a los del Ecuador, pero el ingreso promedio de un ecuatoriano es ocho veces superior al de un malí. En el país africano se libra una guerra desde hace años. Los ingredientes son los habituales: tensiones étnicas, pugnas regionales, exacerbación religiosa, pobreza e injusticia social.

El orden democrático no es la panacea para la felicidad total en una sociedad. El Malí antes del golpe encaraba una guerra intestina, con grupos secesionistas y fanáticos religiosos que llegaron a ocupar amplias zonas del norte del país. Pero cuando un gobierno dictatorial se autoproclama guardián de la unidad territorial y de la nación, las probabilidades de que todo derive en una carnicería se incrementan automáticamente.

El Acta Constitutiva de la Unión Africana faculta la intervención de la Organización en los países donde se comentan genocidio, crímenes de guerra o crímenes contra la humanidad.

La Unión quiere ahora evitar hallarse en un futuro no muy lejano ante severos predicamentos, esta vez con respecto a Malí.