Por: Jaime Acosta Espinosa
jjacosta@hoy.com.ec
La profusión de noticias, artículos, simposios y discursos con que se conmemoró el centenario del asesinato de Alfaro y sus compañeros demuestra, una vez más, que la historia es maestra de vida. Cien años después, como en un libro abierto, ese episodio contiene páginas llenas de manchones negros y tachaduras tremendas y, al mismo tiempo, llenas de lecciones de valor permanente y luminoso.
Hemos aprendido en esas páginas que el odio fratricida solo concluye en venganzas y desenlaces sangrientos de los cuales nadie obtiene la victoria. ¿Quién fue el triunfador el 28 de enero de 1912? Hemos aprendido que el enfrentamiento entre posiciones políticas irreconciliables no solo hiere a los contrincantes, sino a todo el país. Hemos aprendido la tragedia de la sociedad cuando esta se vuelve intolerante y se deja conducir por gente fanática. Porque el fanatismo no es monopolio de religiosos extremistas. Entre los secularistas, se cuentan también fanáticos despiadados que no están dispuestos a cuestionar sus opiniones, así como su militancia, agresividad y desprecio hacia los que discrepan de ellos.
Ignacio Sánchez Cámara señala que "fanático no es quien cree que vive en la verdad, sino quien pretende imponerla por la fuerza a los demás".
Ninguna enemistad hace más daño a la libertad como el fanatismo. Por eso, es incompatible con los sistemas democráticos. Se ha dicho que "el fanatismo es como una plaga nauseabunda que anida en el corazón de quien no quiere ver el mal que hace. El fanático se pasa la vida denunciando el mal, pero nunca lo encuentra dentro de sí mismo, porque habitualmente está sumergido en él".
El fanático se cree simplemente bueno, porque tiene la virtud, por atribución propia, de juzgar al malo. Así triunfa el fariseísmo, o reina a medias, o se insinúa según el grado del mal. En esa ficticia separación entre buenos de un lado y malos de otro, el fanático se sitúa en el lado de los buenos y se concede a sí mismo todos los derechos para arrojar a los malos a las tinieblas exteriores, según una dialéctica fatídica y despreciable.
El fanático olvida que el fin no justifica los medios; que no puede buscarse un fin bueno -o dudosamente bueno- empleando medios inmorales. Al mal se le persigue con la razón, la Ley y la moral, teniendo en cuenta siempre los principios fundamentales de la tolerancia.
Pero la tolerancia tiene su justa medida. A nadie se le ocurre tolerar la corrupción, la violación o el asesinato. Ni nadie cree de verdad que imponer la Ley o un sistema de autoridad pueda considerarse como una grosera manifestación de intolerancia. Si nos dejáramos llevar por esos errores, terminaríamos bajo la ley del más fuerte. Sería imposible establecer un sistema de Derecho o cualquier tipo de ordenamiento jurídico. Sería como la ley de la selva. No habría forma de vivir pacíficamente en sociedad. Las consecuencias del fanatismo y la intolerancia las vivimos en esa página horripilante de la historia ecuatoriana. Ojalá el 28 de enero de 1912 no se repita jamás.





