Análisis
Por: José Hernández
Director adjunto
Correa con Glas, Lasso con Tituaña, Acosta con Marcia Caicedo, Noboa con Anabella Azín… La designación de los compañeros de fórmula es lo más parecido a un acertijo. El candidato (no hay mujeres) o su tendencia envía mensajes cuya onda expansiva tarda, en casos, a ser percibida por las audiencias. Pero siempre hay una primera impresión que, a menudo, marca la decisión de los electores.
Correa con Glas. El candidato-presidente afianza la ruptura con la primera etapa de su Gobierno. Lenín Moreno completó, a su lado, el perfil que le permitía pescar votos en todos los sectores. Además de presentarse como un hombre de izquierda, la personalidad y la condición de Moreno lo humanizaron permitiéndole no solo sacudir esquemas, sino además sensibilidades. De esa época, Correa dejó en el camino los grupos que constituyeron su base social. Y Moreno quedó limitado a ser una voz sin realidad política y una obra social con réditos innegables para el correísmo.
Jorge Glas es la negación de todo eso. El correísmo profundiza su viraje hacia el sector que Javier Ponce, Miguel Carvajal, Fánder Falconi y Virgilio Hernández, entre otros, situaban en el ala derecha del Gobierno. Esos militantes de la izquierda verán aumentar así la diferencia abismal que hay entre su discurso y la práctica de un presidente que protege a los grandes grupos económicos que lo apoyan y admira los Gobiernos autoritarios y modernizadores de Asia. Con Glas, Correa es coherente: acentúa el ritmo de la revolución conservadora en la que anda empeñado.
Lasso con Tituaña. Guillermo Lasso hace una apertura inesperada en su tendencia. La primera lectura política es clara: si él representa a grupos que buscan el desarrollo económico, esta vez propone a los electores un programa alternativo al correísmo y con equidad social. La centro-derecha hace suya una bandera que hasta ahora solo habían blandido los grupos sociales y los partidos de izquierda.
Es una promesa que se recibe con beneficio de inventario y que, desde ahora, rompe cánones cuando se ve al líder indígena Auki Tituaña a su lado. A partir de esa imagen, Lasso ha podido construir un discurso en el cual la política y el humanismo católico hacen buenas migas. A Auki Tituaña le permite afirmar que busca mejorar la situación de los más desfavorecidos desde la Vicepresidencia de la República: hay una violación de códigos en los electorados que los dos representan. Lasso aparece -hecho novedoso en su tendencia- como un candidato sincrético: un indígena a su lado y una afrodescendiente encabezando su lista de asambleístas nacionales.
Acosta con Caicedo. Alberto Acosta apostó por una mujer, Marcia Caicedo, que es, además, afrodescendiente. Dos virtudes que subrayan el propósito del candidato de la Coordinadora de las izquierdas: volver al programa que dio origen al correísmo y que está plasmado, en blanco y negro, en la Constitución de Montecristi.
Acosta envía así mensajes reconocibles por un electorado que, a primera vista, parece cautivo. Ahí radica su coherencia ideológica y su mayor dificultad para crecer en esta contienda. Hasta ahora, Acosta no ha dado la menor señal de salir de esa suerte de maldición en la que anduvo encerrada la izquierda, hasta llegar a Corondelet con Correa: hacer campañas testimoniales llenas de buenos propósitos y profusión de principios, pero incapaces de sumar electores por fuera de sus convencidos. Ese aprendizaje no aparece y la dificultad interna que ha tenido la Coordinadora para armar sus listas muestra, además, que la vulnerabilidad de esas alianzas sigue siendo una constante en esas izquierdas.
Noboa con Azín. Álvaro Noboa envía un mensaje irremediable sobre la forma cómo concibe la política: su binomio es su esposa. Su partido y su logística tienen entronques ineludibles con sus empresas.
Noboa prueba, además, que, después de cuatro intentos por llegar a Carondelet, no ha superado la desconfianza absoluta que le inspira la figura vicepresidencial. Anabella Azín, por su lado, ha mostrado virtudes que le son específicas en el campo público. La decisión de Noboa no parece producirle réditos: la política la vuelve un hecho familiar y pierde, de paso, un gran cuadro.
Autor: José Hernández - jhernandez@hoy.com.ec Ciudad Quito







