Hay personas que han nacido con el don de contar; don ciertamente precioso, porque las hace el centro de la atención de los demás. Todos conocemos a alguien que en las reuniones sociales convoca el interés de los asistentes cuando relata un hecho, un episodio, una anécdota. Lo mismo que en boca de cualquier otro sonaría quizás anodino y hasta aburrido, en la suya suele constituir una fiesta que nos tiene pendientes de sus palabras. Alguna vez escuché, en referencia a una de estas personas bendecidas con esa gracia, que no habría que invitarle, sino que contratarle; porque con sus historias animaba cualquier velada o tertulia.
A esta estirpe de bienaventurados pertenecen también los escritores que saben narrar con amenidad. Porque hay otros que lo hacen con propiedad, con esmero y hasta con elegancia, pero no consiguen entusiasmarnos con sus relatos al punto de mantenernos asidos a sus páginas hasta el final. No es solo cosa de tener algo que contar y de contarlo observando todas las normas de la preceptiva. El arte es más exigente que eso, pide un ingrediente misterioso que solo los verdaderos creadores poseen. Es ese ingrediente el que Ángel Felicísimo Rojas derrocha en sus cuentos de juventud, recogidos bajo el título de El busto de doña Leonor, cuya segunda edición acaba de publicar la Casa de la Cultura.
“Yo escribo -ha dicho Rojas (recinto El Plateado, prov. de Loja, 1906)- para satisfacer mi deseo de narrar lo que me ha tocado vivir o presenciar”, y ha confesado también que si algo le gusta es contar, tanto que lamenta no haberle dedicado más tiempo a este quehacer, porque le quedan muchas historias en la cabeza. Es abogado, escribe para periódicos, tiene un ensayo muy importante sobre la novela ecuatoriana, hizo política, se dedicó un tiempo a la agricultura; pero se le recordará sobre todo por sus cuentos y novelas, entre las cuales, El éxodo de Yangana es un hito en la literatura nacional.
Sus cuentos de juventud, cuya ambientación nos lleva vívidamente a sus escenarios, y algunos de cuyos personajes son verdaderos caracteres, vienen en esta edición seguidos de sendas notas (“de pie de página”, las llama el autor) en las cuales revela de dónde salieron esos personajes y las circunstancias en las que se desarrollaron los hechos tomados por Rojas como motivos para estas páginas. Lo cual le da al libro un extraordinario valor agregado.
Las descripciones de El camino hacia las minas (que me recuerda ese clásico de nuestra pintura que es Los guandos, de Kingman), por ejemplo, son admirables, y personajes como Crescencio Minga, tan bien construido en su pequeñez, son de antología. Y así podría detenerme en cada cuento para subrayar los altos valores que posee, porque todo el libro, de principio a fin, es una lección de bien narrar y un deleite para cualquier lector.