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Los contrastes

Publicado el 15/Febrero/2010 | 00:04

Por Federico María Sanfelíu
sanfe@hoy.com.ec

Cuando tenemos todavía el corazón encogido por la catástrofe de Haití y las secuelas de no saber cómo salir de una situación que debiera convocar a una solución planetaria, una reunión especial de la ONU y de los líderes del mundo -muy bien el encuentro quiteño de la Unasur y su mirada certera sobre el objetivo- nos viene la catarata de imágenes de los Carnavales, especialmente los de Río. Nos seducen las risas desbordantes de las sambas cariocas, llenas de bailes y músicas excitantes, de bellezas con un lujo que supera las Mil y una noches, provocándonos al disfrute más sensual y ruidoso que podamos y haciéndonos olvidar las conflictivas favelas en las que se han gestado esos bailes. Esa huída de la realidad nos manda su mensaje: "Vive hasta el exceso, disfruta lo que puedas, tenemos pocos días y hay que aprovecharlos".

Creo que la esquizofrenia colectiva, servida por la TV y los MCS, nos viene servida. Hay demasiada muerte y un exceso de vida con mensajes potentes y contradictorios, que cuesta asimilar. ¿Quién tiene razón? ¿A quiénes hacemos caso? ¿Cómo establecer prioridades culturales y humanas para llegar a lo esencial de cada situación? ¿Cómo lo vivimos en nuestro Ecuador de tan marcados contrastes?

Las divertidas bromas de nuestros jóvenes, las bombas de agua, las lluvias de colores, los disfraces de ciertas ciudades, las fiestas en Guaranda y los bailoteos de los lugares con entrada exclusiva son manifestaciones criollas de la fiesta. Tienen su razón de ser y mantienen su potencial de alegría. Tampoco nos sentimos envidiosos de los excesos que vemos. Son peculiaridades únicas, como los Mundiales de Fútbol.

El Carnaval con su origen cristiano nos lleva al Miércoles de Ceniza, a la Cuaresma. Un rudo contraste con el Carnaval. La Iglesia tiene el desafío para hacer actual la Cuaresma. Un llamado a ahondar en la riqueza de la fe para hacernos capaces de vivir creyentemente todas las situaciones.

Podemos cambiar los enfoques, introducir nuevos modos de celebración. La Cuaresma nos lleva a la conversión, a vivir el evangelio del amor y de la vida que nos trae Jesucristo, muerto y resucitado. Amar es hacerse solidario, querer y procurar el bien del otro. La penitencia -el hacer el bien y evitar el mal- nos lleva a compartir de lo que tenemos con Haití y con los crucificados de nuestro mundo cercano. La oración va unida a la limosna. La solidaridad nos lleva a la alegría de hacer vivir al moribundo. A salir de los sepulcros de nuestras codicias y el afán de poseer, y vivir como resucitados con Cristo: dando vida con nuestros bienes.

Los excesos de Río tienen también su lugar adecuado. ¿Quién no es pecador? ¿Quién no debe rectificar y convertirse?

Jesús es una palabra actual y siempre nueva. Escuchémosla.

Hora GMT: 15/Febrero/2010 - 05:04

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