Simón Espinosa Cordero
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Anteayer, día de la independencia de Cuenca, soñé que un coleccionista de cuyo nombre no quiero acordarme entró a una tienda de antigüedades. Iba en busca de un par de candelabros que, según un aviso clasificado, fueron usados en la misa de cuerpo presente del conde Ruiz de Castilla. Ustedes recordarán que el conde murió a consecuencia del tumulto del 15 de junio de 1812. Este tumulto fue un desfogue de la furia causada por las derrotas de los patriotas quiteños tanto en el norte de Cuenca como en el sur de Pasto. Unos cuantos mestizos e indios, la mayoría de ellos del barrio de San Roque, se encaminaron furiosos a la recoleta de la Merced, donde se había retirado el presidente de la Junta. Los sanroqueños le llevaron hasta la plaza principal, resueltos a inmolarle. El coleccionista respiró hondamente al comprobar que los candelabros estaban allí: ningún anticuario se le había adelantado. Los compró y se los llevó para limpiarlos, examinarlos y determinar si llevaban una inscripción casi invisib
le con el nombre de la señora María Calisto, consumada realista, quien los había prestado a dicha recoleta para que alumbraran las noches de insomnio del desventurado conde. El coleccionista celebró la compra y el hallazgo con un cebiche y una cerveza, pues era muy dado al amor de la cebada.
Algo parecido a este sueño, sin ceviche ni cerveza, ha hecho Hernán Rodríguez Castelo: ha entrado en una tienda de Juan León Mera llamada Cantares del pueblo ecuatoriano y ha escogido en la sección llamada "Antigüallas Curiosas" algunas piezas. Ha hecho otro tanto en la tienda más antigua de Pedro Fermin Cevallos, y algo ha hallado también. Y encerrado en su casa de Alangasí, después de haber examinado su compra, haberla sopesado, medido e interpretado, escribió durante innumerables noches un libro sobre "La revolución quiteña de agosto de 1809 y el martirio de agosto de 1810 en los poemas de esos días". Y habiéndolo puesto por título Lírica de la Revolución Quiteña de 1809-1812, lo entregó al Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural de Quito para que lo editara. Rodríguez parte de la premisa de que en Quito hubo inclinación por la poesía castellana. Fundamenta la premisa en afirmaciones del jesuita Mario Cicala que se vino jovencito desde Sicilia a Quito tras un viaje de dos años y cinco meses.
Las afirmaciones de Cicala válidas para el siglo XVIII, las extiende Rodríguez para los comienzos del XIX y cita como ejemplos los nombres de José Mejía y de Juan Larrea. Del hecho de que se poetizaba en Quito, infiere Rodríguez que se debió haber poetizado sobre acontecimientos tan sacudidores de la rutina diaria como fueron la revolución de agosto de 1809 y el martirio del 2 de agosto de 1810. Y de hecho la poesía quiteña recogió esos acontecimientos y se apropió de ellos con pasión para alabarlos unos, y reprobarlos otros. Juan León Mera pudo recogerlos y los publicó en 1892 en el apéndice "Antiguallas Curiosas" de Cantares del Pueblo Ecuatoriano. Con este material trabaja Rodríguez y llega a conclusiones interesantes y hasta sorprendentes. Pero no les cuento más para que ustedes lean el libro, si les interesa por supuesto.
Hora GMT: 05/Noviembre/2009 - 05:06
