Por Juan Falconi Puig
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La libertad es uno de los derechos más importantes que nos dan la capacidad de actuar y hacer lo que queremos. Es consustancial al ser humano aunque, lamentablemente, no todos entendemos igual su alcance. Su historia es la lucha contra la esclavitud y en el mundo moderno, principalmente en las sociedades occidentales, se manifiesta en la democracia, que es el sistema de gobierno que más libertades concede al ciudadano.
Pero aun en los regímenes democráticos hay varios límites como la libertad de terceros, lo que implica respetar también sus derechos.
Otro de los limites está dado por la lealtad, que es el cumplimiento de lo que exigen las leyes del honor y la hombría de bien; la legalidad y la verdad. Tema aparte, claro, es la lealtad que muestran al hombre algunos animales, y los más conocidos por esa cualidad, el perro y el caballo. De ahí que, mientras más conocemos a ciertos hombres, individuos de la especie humana, más quiere uno a su perro.
En política la lealtad no debe estar dada para con los partidarios, amigos o parientes sino para con los principios y los electores, obviamente entendidos entre los principios, precisamente las reglas que permiten el acceso al poder.
Esto lo saben quienes se han dedicado a la política con seriedad y vocación, no como un medio para enriquecerse en poco tiempo. De ahí que la lealtad política se cuenta también respecto de la doctrina que se propugna, particularmente en tiempo de elecciones; política que es el arte relativo al Gobierno y el Estado.
El lobby no es política y Tomas Jefferson, en 1802, lo definía como "la acción sistemática y deliberada orientada a influir en las decisiones y políticas del gobierno y en el proceso legislativo para favorecer intereses particulares..." "Dinero, política, presiones y el deseo de influir forman parte de una realidad que ha existido desde tiempos inmemoriales, peste moral que debemos combatir". Así, aquí se dictaron leyes como de la AGD; se nombraron cortes supremas y una de transición; o se incrustaron filibusteros
en todos los gobiernos.
Esto lo conocen todos los políticos y por supuesto el presidente Correa, quien ha prescindido de algunos colaboradores cuando él ha estimado que no fueron consecuentes con los principios de la "Revolución ciudadana", que mantiene desde su primera campaña. Alguno en este período, tal vez no detectado todavía -como ocurre en todo régimen- que no está exento de colaboradores mediocres, débiles en profesionalismo y ética, es de los que, terminado el gobierno que sirven, pasado lo acomodaticio por lo que se inclinan para obtener aunque fuere pequeños espacios de poder e influencia, devienen los más desleales. Que no hacen ni tienen mérito para lograr ese acceso, es más o menos generalizado en esos sujetos, pero suplen y en exceso sus deficiencias con el oportuno adulo y el servilismo. Esos son los leales de oportunidad pero desleales de futuro.
Hora GMT: 19/Marzo/2010 - 05:17
