Por César Ricaurte
Hubo una canción que a principios de los años ochenta se volvió un himno del Madrid del destape y el paso a la modernidad. La cantaba Antonio Flores, pero en realidad estaba escrita por un oscuro cantautor de mala voz, un pésimo primer disco y aventura de exiliado político por Londres llamado Joaquín Sabina.
La canción decía algo así:
Las niñas ya no quieren ser princesas,
y a los niños les da por perseguir
el mar dentro de un vaso de ginebra,
pongamos que hablo de Madrid.
Los pájaros visitan al psiquiatra,
las estrellas se olvidan de salir,
la muerte viaja en ambulancias blancas,
pongamos que hablo de Madrid.
Han pasado muchos años desde esto. Casi 30. Las niñas que nacieron en esa época casi son treinteañeras. Las que iban al jardín de infantes ya frisan los 40 y claro ahora tampoco las niñas quieren ser princesas. A menos que sea una Disney con el glamour de una Bratz y los autos de Barbie.
En fin. Los tiempos han cambiado de forma insospechada y ahora quienes quieres ser princesas son las madres de las niñas. O más bien, las mamás quieren ser adolescentes eternas para soñar en las princesas con las cuales no soñaron sus hijas.
Es el mundo al revés: los niños ya no tienen como modelos a los adultos, sino los adultos quienes quieren ser cada día más jóvenes. Vivir en una adolescencia eterna. Ningún compromiso, gimnasio y si todo eso es insuficiente, cirugías.
Estamos en una situación, en la cual, son los niños y adolescentes quienes imponen las conductas de consumo en la casa. Quienes deciden tal marca sí, tal no. O qué juguetes tecnológicos deben tener los papás. En ese contexto, la información que trajeron las agencias de noticias este miércoles no es más que una consecuencia más del cambio: "Una adolescente británica, que sufre una enfermedad terminal, ganó su derecho a morir después de que el hospital donde la trataban abandonara sus intentos para forzarla a someterse a una riesgosa operación de corazón".
Esta mañana en todas las tertulias de la televisión europea se discutía sobre el impacto legal y cultural de que se otorgue a una niña el derecho a decidir sobre la dignidad de su propia existencia.
Como registra en sus foros la BBC, una lectora, Catherine, de Chile dice: "Creo que con 13 años todavía es una niña, pero debido a todo por lo que ha pasado tiene la madurez suficiente para decidir lo que quiere hacer con su vida (...)"
Así es. Pero no solo es la adolescente británica. Muchos niños de esta época deben madurar más rápido porque ese es el mundo que construimos para ellos.
cricaurte@hoy.com.ec
Hora GMT: 13/Noviembre/2008 - 05:06
