Por Cecilia Velasco
cevelasco@hoy.com.ec
Los espacios radiales de los sábados podrían ser vistos como un acierto del presidente Rafael Correa. Desde diversos lugares, incluidos algunos que pocas veces han sido frecuentados por autoridades, se dirige a quienes quieren escucharlo por diversas razones: admiración, lealtad, curiosidad, distracción, adoración.
El gesto podría ser interesante en términos de comunicación, y eficiente en cuanto se estaría cumpliendo con un deber de los dignatarios: rendir cuentas ante la opinión pública, pero en vista de que quienes son sus interlocutores y escuchas son subordinados, adeptos incondicionales o virtuales interesados en lo que les quiere vender u obsequiar a cambio de adhesión, la elocución deviene propaganda dura y pura y acto político en el peor sentido de la palabra.
Las cadenas radiales constituyen malos ejemplos de las voces de autoridad y poder, porque se trata de discursos autoritarios en los que el personalismo suele encarnarse a la perfección. En una sociedad como la nuestra, poco deliberante en la esfera cotidiana, estos mensajes cargados de un tono admonitorio y amenazante, que descalifican toda posición crítica o contraria, inmovilizan roles sociales ya fijados: yo ordeno y tú obedeces, yo afirmo y tú no puedes disentir. A menudo, el presidente invoca como argumento que legitima su obrar "la paliza" que ha metido en las urnas a sus contendores, con lo que reduce el sentido de la democracia a la única e insoportable medida de las mayorías, no siempre inteligentes ni solidarias ni tolerantes, como descubriera, entre otros, Sigmund Freud al hablar del individuo oprimido por la masa.
Hace malas bromas sobre sus propios ministros o colaboradores, que salen insultados o, por lo menos, ridiculizados (Vallejo, Ponce, Mora, Acosta); de instituciones estatales (la Policía, las Fuerzas Armadas, universidades), y ya se sabe lo que dice en contra de los medios y los bancos, por ejemplo, así como sobre sus "insignificantes enemigos políticos". Todo esto es malo para la democracia que buscamos, porque se invaden potestades y atribuciones de otras funciones del Estado. Si un canal de TV o un periódico no paga impuestos, debería venir una acción legal y jurídica de los órganos competentes, y esto no tendría que afectar la libertad de expresión y opinión, consagrada como un derecho de los ciudadanos del mundo.
Es de mal gusto, pero sobre todo decidor, que frecuentemente el presidente hable de sí mismo, se permita nimias anécdotas personales y que, por ejemplo al referirse al arduo problema nacional de la seguridad, reclame la que las fuerzas especializadas deberán brindar a un valiente como él, cuya integridad está en peligro.
No veo, pero bien cabe esperar, que las voces racionales y progresistas se alcen para denunciar los excesos del poder que, lastimosamente, no expresan un problema formal, sino la visión política del ciudadano presidente y de sus cercanos colaboradores.
Hora GMT: 03/Febrero/2009 - 05:08
