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Publicado el 29/Abril/2000 | 00:00

Quito. 29 abr 2000. (Editorial) El investigador ecuatoriano más
dedicado a su oficio, en el campo de la novela nacional, es, sin
duda, Antonio Sacoto. El viene siguiéndole la pista al género
desde hace muchos años, y su trabajo ha contribuido a aclararnos
el panorama de nuestra literatura de ficción. De manera que, al
menos para una primera aproximación al tema, es necesario buscar
sus textos, entre los cuales hay títulos como: La novela
ecuatoriana en el contexto latinoamericano (1979), La novela
ecuatoriana del 70 (1980), Veinte años de novela ecuatoriana
(1992) y La ideología de la novela ecuatoriana actual (1994).

Todos estos trabajos los realizó Sacoto, básicamente, en función
de la cátedra que ejerció durante muchos años en la City
University of New York, a la cual sigue perteneciendo ahora como
Profesor Emérito. Por tanto, son páginas preparadas con criterio
didáctico; lo cual ha determinado su corte académico, bajo unos
parámetros a los que responden sistemáticamente la información que
ofrece y el juicio -técnico- que expresa el autor.

De otro lado, puede decirse que el proceso seguido por Sacoto en
su serie sobre la novela ecuatoriana es de carácter acumulativo;
porque cada nuevo trabajo que publica arrastra a los anteriores.
O, al revés, viene a enriquecer los estudios previos. Este último
libro, por ejemplo, comprende tres décadas completas; lapso que ya
había sido estudiado por el autor hasta mediados de los noventa, y
cuyo análisis se completa con el libro al que alude esta nota.

Pero también se remonta, aunque brevemente, a los clásicos de los
años 30 y 40, como necesarios antecedentes de lo que viene
después. Con material tan vasto, si al editor se le hubiese
ocurrido incluir un índice onomástico de los autores y otro de los
títulos incluidos, la utilidad de la obra habría sido mucho mayor,
porque habría facilitado cualquier consulta urgente.

En la última década del siglo XX, Sacoto destaca novelas como El
viajero de Praga, de Javier Vásconez; Aprendiendo a morir y El
Cristo feo, de Alicia Yánez, Destino Estambul, de Jaime Marchán, y
Una silla para Dios, de Eliécer Cárdenas. Según el autor, estas
obras, "logradísimas", se caracterizan por el (buen) manejo de los
recursos técnicos, la (acertada) creación de personajes, el
(adecuado) manejo del asunto y las (excelencias) de la expresión
literaria; se alejan, en cambio, del realismo mágico, de la prosa
barroca y del virtuosismo técnico, que según el autor caracterizan
a la novela de los ochenta.

De otro lado, lo light (entendido como "ligero, que no demanda
mucho del lector") habría sido lo in en la literatura de ficción
de los noventa. Y para probarlo ("aunque hay excepciones")
registra las novelas publicadas en el decenio, que suman alrededor
de sesenta y que, a pesar de alcanzar, apenas, la media de seis
por año, resultan más que las que hacía suponer nuestra pobreza
literaria. Y por eso, el estudio de Sacoto (en el que me sobra un
poco lo fríamente académico y me falta lo cálidamente literario)
es de alguna manera reconfortante; pues revela que en el país sí
hay gente que está escribiendo novelas, y algunos con éxito,
mientras otros, más jóvenes, parecen estar en buen camino. Aquel
camino que debe llevarnos a esa gran novela ecuatoriana, que
alguien nos está debiendo. (DIARIO HOY) (P. 9-A)
[3433]

Ciudad Quito

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