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La novedad del dolor de siempre

Publicado el 13/Septiembre/2008 | 00:09

Por Luis Alberto Luna Tobar


Creo que no existe ser humano sin experiencia de padecimiento alguno. La conciencia de padecerlos, desde nuestra frágil consistencia física hasta las más sutiles impresiones mentales y cordiales, acompaña al ser viviente, demostrándole, con más intensidad cada día, que el dolor es un compañero adherido al propio ser, con tanta naturalidad como la luz que se apaga cuando anochece o como el aire limpio de aurora que esfuma las sombras en las que se apagó el fervor de cualquier esfuerzo o el cansancio de mantenerlo.

Pero, en abierto y evidente contrasentido con lo que significa vivir, no hay ráfaga de luz que no conlleve en su brillo una insinuación de sombra ni una sola sensación de serenidad y bienestar íntimos, que no presientan el ahogo de un dolor vecino y de la conciencia de participarlo.

El dolor es compañero fiel de todo viviente; pero no tiene poder suficiente para poseer nuestra conciencia sin perturbarla.

Creo que no existen heroísmos vitalicios que eliminen conciente y permanentemente la novedad del dolor de siempre.

Tampoco existen seres normales que busquen y acepten constantemente la constancia concientizadora de la existencia. Sí, nos habla la historia de seres humanos en quienes puso su tienda, cubrió con su perenne sombra y aisló de la ostentación ruidosa o del mismo placer esclavizante íntimo, cordial, espiritual.

Llega a todo lo humano, en el instante menos previsto o es el momento más sereno y apacible la sensación física de la novedad del dolor de siempre.

Desde estas constancias, todos los seres humanos normales preparamos, mientras el ajetreo del simple vivir, la suficiente conciencia para fraguar en la intimidad de cada conciencia, una lógica adecuación, de ser posible serena y colaboradora, con la novedad del dolor de siempre. Concientizar el dolor es ponderarlo en su realidad, en su significado y sobre todo en su trascendencia.

Los gozos anímicos, las satisfacciones psíquicas, llevan todas consigo una fuerza adherente, con la cual consustancian sus efectos vivificantes con los dolorosos: esta íntima entremezcla traduce la decisión de asumir el derecho y el deber de vivir, en el mismo nivel de realismo naturalista y de profunda espiritualidad.

El dolor tiene un poder espiritualista transformador, por el que superamos todos los efectos físicos de su padecimiento con la conciencia evidente de liberación, que se hace clara y definidora desde el instante en el que se la siente y recibe al sufrimiento como connatural con el clásico e innegable dolor de vivir, ese dolor de siempre que camina en el hombre, recorre con el todas las distancias y se siente válido en el instante en el que se lo acepta como compañero el ser humano que lo ha sentido.
Homenaje al amigo que se fue ….

analisis@hoy.com.ec

Hora GMT: 13/Septiembre/2008 - 05:09

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