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Publicado el 12/Noviembre/2008 | 00:05

Por Juan Carlos Moya

El periodismo cultural no ha replanteado su oferta de comunicación. Siguen siendo, las páginas o espacios culturales, un péndulo entre la ignorancia o la arrogancia.

La página cultural es ignorante cuando sus editores o periodistas desconocen las mínimas y básicas vocales de su cancha de juego. Este vacío genera un yerro fatal: la falta de jerarquización de la información.

Me explico: sin jerarquización del hecho cultural, la página se torna una intrascendente estantería de frutas de verano o invierno. Mediocridad. Populismo, anarquía, un conjunto de nubes pasajeras. Gato por liebre.

Esta ignorancia también conlleva a que se olvide que el arte a más de noticia es debate, es cosmovisión, es tesis, concepto e idea. Habría que averiguar por ejemplo, por qué un grupo de personajes con narices rojas que lanzan pelotas al aire o chicas seudopoetizas del seudoerotismo asumen que lo suyo es arte. Y también hay que averiguar si existen autoridades que certifican y legitiman esos ademanes como una expresión artística. Habría que pensar por qué han surgido los colectivos que mezclan la jerga, el barrio, "la minga" y el folclor. Habría que cuestionarse por qué se sigue pensando y exponiendo en masas, en rebaños, en barriadas…

La página (o espacio) de cultura, periodísticamente debe pasar del qué al por qué. Esta interrogante automáticamente genera entrevistas, foros, contrapuntos con las fuentes consultadas, una investigación de tendencias culturales y nuevos escenarios, gestores y protagonistas.

El segundo polo del péndulo, la arrogancia: tiene que ver con esa falta de mesura, profesionalismo y ética que debe poseer el periodista cultural.

No es extraño que los amigos del periodista aparezcan publicados a menudo, con o sin razón. No sorprende que a muchos enemigos del periodista o editor se les niegue cabida en la página. No se sanciona la editorialización de la noticia. Muchos adolescentes con ínfulas de críticos, hacen, disparan, opinan y deshacen en espacios impropios para tal ejercicio.

Soterradamente se permiten glorificar y magnificar a sus conocidos o a quienes admiran. Estos novatos no procuran siquiera el contrapeso y equilibrio del apunte del especialista o de una segunda fuente. Es urgente la difusión de criterios y críticos forjados en el estudio y probados como independientes de cualquier "compadrazgo de huasipungo".

El orbe cultural está lleno de exageraciones y prólogos mentirosos. Tan solo hace falta ir al lanzamiento de un libro para presenciar con vergüenza aquella costumbre de mediocridad: A le lame la mano a B. B le lame la mano a C, y C le lame la mano a A. Y finalmente, todos se proclaman genios.

"¡Magistral e irreverente joven escritor!" "¡Aplausos para el nuevo Bukowski!" Mentira. Basta con leer la primera línea de sus seudonovelas. Redacción de primer grado, palabras obscenas de bus… Y las páginas culturales caen en su trampa, les siguen el juego.

jcmoya@hoy.com.ec
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