Por: Emma Restrepo*
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Estoy en el Ecuador. Disfruto de ese sol seco y frentero seguido de esas tardes grises de grandes lagrimones que refrescan los Andes. En Quito, cada tarde es un amanecer. Los pájaros y las plantas renacen después del amuerzo. Pienso en los de "mi" ciudad que, a estas horas, deben estar piando del frío dolor. Saludo a las personas, no todas me responden. Cuando me adentro en la ciudad, me duele la pobreza mezclada de humildad y resiento la riqueza insensible e impermeable. Desde que me bajo del avión y luego de pasar un proceso del que otro día les comentaré, el aire se siente más liviano, más limpio, ingenuo. Y cuando comienza el encuentro familiar, todo lo que cruza mi tracto digestivo cae bien, incluso lo que por norma tengo prohibido. Mi cuerpo cansado agradece este break. No hay duda, estoy en Latinoamérica.
Y todo marcha perfecto en ese reloj divisorio de la línea ecuatorial hasta que mi significant other dice que lo que le gusta de este paraíso meridional es que vive 20 años atrás y a menos revoluciones por minuto. No sé si es una critica, un piropo o qué. Pero cuando expande su comentario vía telefónica a su familia, sale a luz ese cansancio acumulado al rededor del sueño americano.
Ese frenesí origen del estrés. Ese corre corre sin más norte que el Polo Norte. Esa cultura del "tiempo es oro".
Es claro que somos regiones de contrastes, pero no creo que sea verdad que no compartamos ese frenesí. Lo aprendimos como en el siglo XVIII. Aprendimos que produce dividendos. La diferencia es que el vecino del norte normatizó el frenesí; y creánme, la calidad de vida cambia profundamente y en niveles insospechados sin necesidad de grandes inversiones. Normatizar el comportamiento ciudadano y hacer amable la cotidiana vida, y aplicable la norma, funciona. Hay ciudades en Latinoamérica que aprendieron eso hace muchos años y han generado dividendos.
Así que para que el paraíso no se rompa, valdría la pena volver la norma más cotidiana si es que la norma existe. Y si no existe, valdría la pena crearla e implementarla de verdad.
Sencillo: se prohibe conducir atemorizando a los peatones, mas si caminan tranquilos por el parqueadero del centro comercial. Se solicita poner luces direccionales aunque se sienta rodeado de hijos de puta y sienta que las calles son campos de guerra. Se agradece si deja el afán y se comporta bien cuando esté haciendo una fila de espera para, por ejemplo, comprar sus medicinas. Se agradece si deja en la mesita de noche la cultura del zarpazo y los guantes de boxeo en el armario.
Mejorar la calidad de vida de una ciudad sin desmontar la lógica perversa del frenesí es posible. Muchas ciudades ya lo han intentado. ¿Qué opinarán los alcaldes de Quito y de sus alrededores?
*Periodista colombiana





