Por Andrés Cárdenas Matute*
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Un filósofo ateo explicando, mejor que muchos, la Navidad. ¿Qué tal? Si hay algo sorprendente en la producción literaria de Jean-Paul Sartre es su primera obra de teatro: Barioná, el hijo del trueno. No es extraño que muchas veces no se la encuentre en las recopilaciones o antologías. Es que el francés trató, mientras le fue posible, que no se editara la obra y hablaba muy poco de ella. Solo en 1962, se imprimieron los primeros 500 ejemplares, 22 años después de cuando fue escrita. Su abierta divulgación hubiera contradicho a toda su construcción filosófica existencialista y nihilista. Sin embargo, se trata de una obra de extraordinaria calidad literaria y espiritual. Las condiciones en las que nació esta pieza son indispensables para entender su contenido. En 1940, Sartre había sido capturado y enviado, por los nazis, al campo de concentración Stalag 12D. Unos sacerdotes habían conseguido permiso para celebrar la Navidad, misa y concierto, pero el francés les propuso montar una obra de teatro.
"He escrito una escena del ángel que anuncia a los pastores el nacimiento de Cristo que ha dejado a todos sin respiración. Incluso a alguno se le saltaban las lágrimas", dice Sartre en sus cartas. "¿Se cambiaría un Dios en hombre? El Todopoderoso, en el seno de su gloria, ¿contemplaría a estas pulgas que pululan sobre la vieja costra de la tierra y que la ensucian con sus excrementos y diría: quiero ser uno de esos gusanos? No me hagas reír. ¿Un Dios que se rebaja a nacer, a vivir nueve meses como una fresa de sangre?", se pregunta Barioná, el principal protagonista. Éste personifica al existencialismo sartreano. "Mirad a vuestra desesperanza a la cara, porque la dignidad del hombre está en su desesperanza", dice. Sin embargo, al final cree en la "buena nueva", y termina siendo "el primer discípulo de Cristo". El narrador ciego describe unas imágenes en los intermedios de las escenas.
En alguna, describe así a María: "Durante nueve meses lo ha llevado en su seno, y ella le dará el pecho y su leche se convertirá en la sangre de Dios. De vez en cuando, la tentación es tan fuerte que se olvida de que Él es Dios. Le estrecha entre sus brazos y le dice: '¡Mi pequeño ( ). Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mí'. Es en uno de estos momentos como yo pintaría a María si fuera pintor". "¡Ya está! ¡Ha nacido! Su espíritu infinito y sagrado está prisionero en un cuerpo de niño todo sucio y se extraña de sufrir y de ignorar", dice el Ángel al cumplir su tarea. La obra es una cátedra del mensaje navideño sobre esperanza, sufrimiento y conversión. Termina poniendo en boca del Barioná convertido, lo siguiente: "Cristo ha nacido, mis hombres, y vais a realizar vuestro destino. ( ). Marchemos, ebrios de canto, de vino y de Esperanza".
*Estudiante universitario
Hora GMT: 20/Diciembre/2009 - 05:04
