Análisis
Patricio Mena Vásconez
La misma Constitución recoge una noción que se ha ido consolidando desde hace algunos años: los páramos no son esos lugares alejados y frÃos a los que "hay que hacerles servir de algo". Lo óptimo, y utópico, es no poner ni árboles, ni animales, ni cultivos. Utópico porque, aparte de ser ecosistemas frágiles y útiles si se los deja intocados, son un paisaje cultural donde, por decisión aunque muchas veces por falta de alternativas, mucha gente campesina lleva su vida de manera precaria, marginada, pero altiva y renaciente; gente a la que no es posible simplemente "mandarle sacando". Esto ha llevado a que se piense en manejar el ecosistema de manera participativa, en un proceso en el cual las propias comunidades y otros actores como las anacrónica haciendas, gobiernos locales, empresas turÃsticas, universidades, áreas protegidas y ONG generan procesos que, aunque lentamente, frenan prácticas como la quema, la siembra de árboles inadecuados y el avance de la frontera agrÃcola. Esto sirve para que, entre otras cosas, las comunidades mejoren su calidad de vida en las alturas, y ciudades como Quito mantengan sanas sus fuentes primarias de agua en las tierras más bajas. Una actividad particularmente dañina y en la que las comunidades y muchos de los actores señalados no tienen mucho que ver es la minerÃa. En el páramo se trata mayormente de minerÃa de oro, con todos los graves problemas que conlleva, especialmente en la zona Sur, donde se presumen yacimientos importantes. El Mandato Minero expedido por la Asamblea de Montecristi en 2008 manifiesta meridianamente en su artÃculo 3: "Se declara la extinción sin compensación económica alguna de las concesiones mineras otorgadas al interior de áreas naturales protegidas [Â…] y aquellas que afecten nacimientos y fuentes de agua". La última parte se refiere a los páramos, precisamente las fuentes de agua primarias para muchos procesos agrÃcolas, industriales, productivos y urbanos en el paÃs. Una buena parte de los páramos están en áreas protegidas, lo que les confiere un doble seguro. Es decir, en términos normativos estamos bien, pero los intereses mineros son poderosos, muy poderosos, y habrá que estar con las antenas bien activas, tanto en los estamentos oficiales como en la sociedad civil, para velar porque el proceso que se ha iniciado y que promete generar sustentabilidad, no sucumba a los clásicos beneficios inmediatistas, elitistas y puramente materiales. La verdadera riqueza de las alturas andinas no está en el oro y hay que explotarla con sumo cuidado.
Hora GMT: 21/Julio/2010 - 05:15
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